Saltar ao contido principal

Pensamiento crítico. Pornopsicología y memoria histórica (un análisis crítico del film “Retorno a Buenos Aires”)


Por Luis Mario Borri*, Resumen Latinoamericano, 22 de octubre de 2026.


Analizar críticamente la película “Retorno a Buenos Aires” de Marco Bechis implica el riesgo de
comportarse como un elefante en una cristalería, porque se entra en un universo muy delicado, el
de las víctimas que han sufrido atrocidades inimaginables.


Esta no quiere ser una reseña crítica sobre las cualidades cinematográficas de la dirección o sobre
el talento interpretativo de Adriano Giannini, quien, además, es capaz de encarnar con
sobresaliente capacidad actoral la traumática experiencia vivida por el protagonista (quien,
aunque no de manera explícita, refleja la autobiografía de Bechis como víctima de la última
dictadura militar argentina 1976-1983).


Mi análisis parte de las siguientes reflexiones: La memoria de los 30.000 desaparecidos argentinos
debe ser respetada, así como el dolor inconmensurable y los traumas sufridos por cientos de
sobrevivientes como Bechis, quienes tienen derecho a establecer los modos y tiempos
terapéuticos personales en busca de paz y serenidad. Es justo que cada quien, según la propria
capacidad de resiliencia, adopte el mejor remedio que mitigue sus sufrimientos.
Pero, cuando la búsqueda interior hacia la sanación de los traumas sufridos trasciende la
dimensión íntima y se hace PÚBLICA, entonces el sobreviviente se convierte en TESTIGO y, como
tal, co-protagonista RESPONSABLE de la reconstrucción histórica de una época trágica de la
sociedad (que involucra la memoria de miles y miles de personas).


Bajo esta luz, la película de Bechis, mezclando el plano ficticio de su narrativa (nombres, lugares,
circunstancias) con datos geográficos e históricos reales, ilustra el trasfondo terrible de los campos
de exterminio según el cual TODAS las víctimas, en mayor o menor medida, se convertían en
víctimas de su propia debilidad moral. Y ofrece a la opinión pública la eterna y definitiva respuesta:
«Todos culpables, ningún culpable». ¿Autoexculpación? Quizás, pero el hecho es que detrás de
toda manifestación pública siempre está la búsqueda de consenso social.


Bajo las descargas eléctricas, hubo quienes cedieron y entregaron algún nombre o dirección,
quienes, al primer sopapo, se transformaron en colaboradores abiertos, llegando incluso a
convertirse en miembros activos de las bandas de torturadores y secuestradores. Pero hay
quienes, a pesar de horas y horas y días y días de tortura, no dijeron ni una palabra.


La condición existencial extrema de quien se encuentra indefenso soportando los vejámenes más
atroces ha generado tanto monstruos como héroes extremos. La frontera entre lo inmensamente
humano y su opuesto serpentea como uno de los misterios más profundos del alma humana.
Ceder ante la tortura no es un acto deshumano, pero otra cosa es la colaboración extrema y
continuada en el tiempo


Para quienes no estén muy familiarizados con la historia de los desaparecidos, es necesario
señalar que en los créditos finales del film aparece la dedicatoria “in memoriam de Lita Boitano,
Vera de Jarach y Mario Villani”.


Las dos primeras fueron madres de desaparecidos con una larga trayectoria en la lucha por los
derechos humanos, pero el tercero (Mario Villani) es un ex desaparecido, liberado por la dictadura
y fallecido hace algunos años.
La elección de tal dedicatoria es muy significativa porque la historia de Mario Villani se conoció a
partir de su testimonio, en el que afirma que la razón de su libertad fue haber realizado, además de actividades de bricolaje, la reparación de las “picanas” eléctricas en mal estado usadas por los
torturadores, pero disminuyendo (sin que ellos lo supieran) el voltaje de los aparatos, haciéndolos
menos terribles. Su pensamiento se condensa con súper elocuencia en un libro entrevista :
“Todo es colaboración: que te vean vivo ya es una colaboración, incluso si uno simplemente respira
delante de otro. El otro, recién secuestrado, ve que uno está vivo y piensa tal vez ‘también me salvo
yo’, es una manera de controlarlo mejor, es involuntario e inconsciente, no es una colaboración
deliberada, pero los tipos usaban ese mecanismo. A partir de ahí hay un montón de niveles de
colaboración. Yo colaboré. Colaboré reparando. No colaboré torturando, no colaboré interrogando,
no colaboré entregando personas. Pero, por ejemplo, secuestraron a uno de mis mejores amigos en
una cita conmigo.”


Villani generaliza la conducta de las víctimas para afirmar vilmente la culpa de todos y así
absolverse. ¿Vale la pena preguntarse cuánto su declaración pueda ofender la memoria de miles
de desaparecidos y herir el corazón de sus familiares? Yo mismo puedo atestiguar que debo mi
vida y mi libertad a quien ‒ torturado hasta la muerte ‒ no ha revelado nada que facilitase mi
captura.
“Retorno a Buenos Aires” también ensaya una suerte de “pornopsicología”, un recurso que Bechis
utiliza para realizar su descenso voyeurista a los infiernos, ilustrando relaciones sexuales entre
víctimas y torturadores como entre los mismos prisioneros.


Imita el estilo de la directora italiana Liliana Cavani, quien en su película “Portero de noche”, se
explaya en un ejercicio de profundización psicológica en torno a la relación sádico-masoquista, de
sometimiento, de síndrome de Estocolmo, o como se la quiera definir, entre una muchacha ex-
prisionera y su torturador, un ex- oficial de las SS.


En el citado film, las circunstancias históricas son apenas un pretexto que la Cavani utiliza para
indagar entre los pliegues de las perversiones sexuales. En cambio el film de Bechis se presenta
como un documental, con una ambientación histórica precisa: la de los campos de extermino de la
dictadura argentina en los años ‘70 y la de su viaje a Buenos Aires 30 años después, durante el cual
el protagonista (su alter ego) convive con otros sobrevivientes en espera de testimoniar ante los
tribunales argentinos.


Novelizar la propia tragedia puede convertirse en un instrumento de sanación, pero puede devenir
todo lo contrario de terapéutico cuando, por ejemplo, con la realización de una película como lo
hace Bechis, se busca dar profundidad y impactar la imaginación del espectador al declinar la
narración en un testimonio documental mucho más crudo y contundente —y por eso más veraz—,
porque huérfano de elementos imaginados o fantásticos. En tal mezcla de realidad y fantasía, la
película de Bechis reproduce un aula de justicia en la que resulta desenmascarado y apresado un
médico torturador.


En verdad, la auténtica denuncia del caso la hizo ya en 1985 Adriana Calvo de Laborde,
secuestrada en avanzado estado de gravidez el 4 de febrero de 1977, obligada a parir vendada y
maniatada y posteriormente liberada el 28 de abril del mismo año junto a su beba apenas nacida.
Esta increíble mujer tuvo el enorme coraje de presentarse ante la Justicia y, a costo de revivir en
público su tragedia, contribuyó con su testimonio a la condena del médico de la Policía de la
Provincia de Buenos Aires Jorge Antonio Bergés. Desgraciadamente, Adriana Calvo murió en el
2010 y hubiera sido justo rendirle homenaje in memoriam a ella y no a un reparador de picanas
como Mario Villani.

En fin, la performance de Bechis ha sobrepasado la justa dimensión personal para convertirse en
un apoyo ‒involuntario o menos‒ de la propaganda, incluso póstuma pero siempre válida de los
verdugos de toda época. Como una vez reflexionaba la madre de un desaparecido a la entrada de
una iglesia, mirando frente a sí la figura de Cristo crucificado que parecía advertirla: «Mira lo que
te puede pasar si te rebelas como yo».


Reggio Emilia, Italia, 30 de septiembre de 2026.


*Luis Mario Borri: exiliado argentino, marido y compañero de lucha de Silvia Susana Roncoroni, secuestrada y desaparecida el 21 de febrero de 1978 en Mar del Plata, Provincia de Buenos Aires