Periodista
Desde que ha trascendido el mediático caso del juicio a Lindsay Clancy parece que la salud mental de las madres por fin tiene el foco mediático que se merece. No es para menos. Los datos dicen que alrededor 15% de las mujeres padecen depresión posparto grave en el primer año, aunque los síntomas depresivos podrían llegar al 30% y, en el caso de la sintomatología ansiosa, hasta el 14%. Según la Asociación Yo no Renuncio, 1 de cada 5 mujeres sufriría un trastorno mental durante su embarazo o el primer año de posparto. Además, gran parte de los trastornos debutan en el embarazo, algo de lo que no se habla tanto. Yo pertenezco a este grupo: padecí síntomas severos de ansiedad durante casi toda mi gestación, que empezó en pleno confinamiento de COVID19, en la que recuerdo como la época más estresante de toda mi vida. Yo quería disfrutar de un embarazo deseadísimo pero, lamentablemente, no era capaz de hacerlo.
Y ese no ser capaz de disfrutar de algo tan deseado y querido es una losa de culpa que pesa como una montaña de expectativas derrumbadas. Expectativas construidas sobre una imagen idílica y, casi siempre, irreal de la maternidad. Quizá haya que explicar que mientras tu tripa crece, tu cerebro ya está cambiando para adaptarse al nuevo vínculo, y que esos cambios rápidos propiciados por la descarga hormonal (que afectan a la propia estructura del cerebro de las mujeres), pueden provocar el comienzo o la recaída en trastornos neuroafectivos, tal como explican las expertas. Por eso, el embarazo es, en sí mismo, un momento de máxima vulnerabilidad emocional. A lo que hay que sumar la preocupación por la evolución de la gestación, los problemas de insomnio que empiezan -si eres muy afortunada- en el tercer trimestre, el miedo al parto, la violencia obstétrica que se manifiesta en intervenciones innecesarias, infantilización y menosprecios a las peticiones maternas, o la tremenda decepción que transitas cuando el parto no es cómo tú habías soñado y lo que te esperan por delante son noches infinitas con un bebé inconsolable en brazos.Y es que a pesar de las cifras, la mayor parte de las mujeres -7 de cada 10- ocultan o minimizan sus síntomas, por lo que el total de madres que sufren trastornos del ánimo podrían ser muchísimas más. Las mujeres en general, y las madres en particular, hemos sufrido el histórico desprecio del sistema sanitario que minimiza primero y patologiza después nuestra quejas: el riesgo a que te tachen de histérica es real. Pero las mujeres, y las madres, temen también ser juzgadas por su propio entorno, que no siempre responde positivamente a las preocupaciones legítimas que nos invaden cuando el rol de cuidadoras desplaza todo lo demás. Ni qué decir tiene que los factores socioeconómicos influyen en la salud mental, mucho más, cuando se multiplican las bocas que alimentar y tu independencia económica está en juego.