La quema o destrucción de libros considerados “peligrosos” por motivos políticos, religiosos o sexuales ha sido una práctica habitual de regímenes totalitarios o de instituciones de poder. En literatura es tema central de la novela Fahrenheit 451, de Ray Bradbury, en cuya trama los bomberos provocan incendios, en lugar de apagarlos, y el combustible son los libros. En el Quijote, el cura y el barbero queman libros de caballerías porque piensan que son los culpables de que al pobre hidalgo se le haya secado el cerebro. Es una quema “piadosa” en la que los astutos personajes salvan los volúmenes de los autores más conocidos.
Ahora está pasando algo diferente. Parece de ciencia ficción, pero no lo es. La IA se ha alimentado tanto de información que internet le queda chica, entonces salió de lo virtual para encontrar lo que solo permanece en los libros impresos que no se han digitalizado. Así lo hizo la empresa Anthropic, que compró millones de volúmenes para escanear y entrenar sus modelos de inteligencia artificial, y después los destruyó. No por peligrosos, sino por valiosos. Un grupo de escritores demandó a la empresa por usar libros pirateados para entrenar a Claude, uno de sus asistentes de IA. “No queremos que se sepa que estamos trabajando en esto”, dice uno de los documentos de Anthropic que reveló y publicó The Washington Post y que fue prueba en el juicio. Podés leer en esta nota de la revista Rolling Stone todo lo sucedido.
De prosperar esta modalidad, la IA se convertirá en la memoria letrada que antes estaba en los volúmenes de las bibliotecas o en las librerías de viejo. Un conocimiento robado a los autores que se sumará a la escritura de los bots. El mayor peligro, además, es que la IA pueda alterar su contenido.
Una vez más, Bradbury fue un adelantado. En Fahrenheit 451, publicada en 1953, los personajes más lúcidos mantienen bibliotecas clandestinas como forma de resistencia. ¿Pasará lo mismo en breve? Yo me siento, desde ya, una gran subversiva.
¿Desaparecerá la creación literaria? Mi respuesta es que no porque como cualquier forma de arte la literatura surge de una necesidad de los creadores. Mientras exista esa necesidad, habrá poemas, novelas, cuentos, ensayos. Y si lo que surge de esa necesidad es auténtico, trascenderá las modas, las ventas, el tiempo.
¿Pueden ser creativos los bots? Por ahora no porque siguen dependiendo de personas que los entrenen, pero quién puede hoy hacer un pronóstico certero. Mejor dejo que Roger Chartier responda:
“El algoritmo es lo contrario al deseo y su sustitución por lo ya deseado; es lo contrario a la lectura —en los libros y también en los diarios— como viaje, como aventura, como descubrimiento que invita a detenerse en un momento determinado ante la sorpresa. Si nos queremos resistir a la lógica que convierte a los individuos en bancos de datos, es imprescindible evitar las prácticas y los lugares que permiten una alternativa a esta idea de sorpresa ante lo inesperado”.