En la Edad Media había mujeres que no querían casarse, ni ser monjas; querían mantener su independencia y decidieron vivir en comunidades en las que ellas mismas ponían las reglas.
Miguel de Cervantes se hace eco en el Quijote de una expresión que formaba parte del imaginario colectivo de la época, los distintos caminos que se podían emprender y que llevaban a la Iglesia, al mar o a la casa real. Está claro que estas palabras, que se han incorporado a los dichos populares, se refieren solo a los hombres y, en consecuencia, está claro también que para los hombres el matrimonio —a menos que fuera un matrimonio concertado entre las clases altas— tampoco era una opción, sino algo natural. Por su parte, las mujeres desempeñaban la función para la que habían nacido, ser madres y esposas, cuidadoras del espacio doméstico y acompañantes de los hombres en sus decisiones. Pero en la Edad Media había mujeres que no querían casarse, ni tampoco ser monjas; querían mantener su independencia fuera del matrimonio y vivir su espiritualidad sin las reglas del convento y decidieron vivir en comunidades en las que ellas mismas ponían las reglas y organizar una forma de vida que les permitía vivir de su trabajo, estudiar, escribir, administrar sus propios bienes y mantener contacto con el mundo exterior para encargarse de las tareas que consideraran necesarias.
Pensaba en esto, cuando visitaba hace unos días la ciudad de Brujas y conocí el beguinario que se instaló allí hace casi ocho siglos y que es uno de los lugares más interesantes que se pueden ver: a través de uno de los puentes y cruzando el arco de la puerta, encontramos un hermoso recinto con una iglesia dedicada a Santa Isabel de Hungría y las casas que habitaban las beguinas, alrededor de lo que era el jardín-huerta de la comunidad.
El movimiento de las beguinas nació en la región de Lieja, se expandió rápidamente por Europa desde el siglo XII y alcanzó su mayor influencia en los siglos XIII y XIV; a medida que estos grupos crecían y más mujeres se incorporaban, encontraron más obstáculos, pero ni las acusaciones de herejía ni las presiones institucionales impidieron que se consolidaran durante siglos como una alternativa a la vida familiar y a la vida conventual y que, en una sociedad profundamente patriarcal, conquistaran espacios de libertad. Algunos beguinarios se mantuvieron hasta el siglo XX, entre ellos el de Brujas, donde ahora existe un monasterio benedictino, aunque se pueden apreciar todas las características de lo que fue la comunidad de estas mujeres dentro de la ciudad.
En 1998 la UNESCO declaró varios beguinarios Patrimonio de la Humanidad, reconociendo su valor histórico y su cultura, y creo que, desde luego, merece la pena mirar el jardín, las casitas y la iglesia que permanecen en el recinto de Brujas pero, sobre todo, imaginar cómo vivían y qué sentían quienes habitaban allí y que, en la Edad Media, luchaban por su independencia económica, por su propia forma de vida, por estudiar, aprender y enseñar; por buscar nuevas formas de espiritualidad y defender su propio juicio. Pensaba en tantas mujeres que han tenido que vivir en los márgenes de la historia para, desde ahí, ser alternativa a lo existente; que renunciaron, que lucharon y que fueron capaces de subvertir ese orden patriarcal que la teóloga feminista Teresa Forcades i Vila concreta en pocas palabras: “los hombres son para la vida y las mujeres, para los hombres.” Miramos hacia atrás y somos conscientes de que llevamos siglos derribando obstáculos y conquistando derechos, sencillamente porque no queremos ser para los hombres, sino para la vida. En igualdad y en libertad.