La guerra es contra todo aquel que adverse la agenda imperialista y criminal de Estados Unidos, en cualquier parte del mundo.
El pasado 16 de julio el secretario de Estado norteamericano convocó una reunión en Washington en la que, según reportes oficiales, participaron representantes de más de 60 países, aunque no se publicó ninguna lista oficial. Ante este foro, convocado bajo el tema de “Resurgimiento del Terrorismo Político”, Rubio se refirió en múltiples oportunidades a lo que él se refiere como “terrorismo político de extrema izquierda”. El cuál, según sus propias palabras, es la mayor amenaza de seguridad que enfrentan los Estados Unidos hoy.
Apenas cuatro días después, el 20 de julio, el Departamento de Estado hacía público un bodrio de cien páginas titulado: “Cuba: capital del comunismo en el siglo XXI” donde mezclan información de inteligencia desactualizada, artículos de opinión en medios de comunicación, blogs personales y declaraciones de figuras políticamente motivadas en diversos espacios, con el fin de sustentar un relato fantástico en el cual Cuba es, precisamente, la financista de ese “terrorismo de extrema izquierda” no solo en el mundo, sino también dentro de los Estados Unidos.
Aunque la tesis de este panfleto no resiste el menor análisis serio, fue fabricado, sin dudas, como una herramienta para sustentar una nueva cruzada contra la izquierda en el seno de los Estados Unidos y para justificar una mayor escalada contra Cuba, en la cual no es descartable para nada que se valore una posible opción militar.
Resulta interesante resaltar, respecto a esta nueva escalada, dos elementos de interés para el análisis. Uno es el uso del término terrorismo, aplicado como una etiqueta fácil contra fuerzas que adversan al sistema capitalista o que, al menos, se oponen a sus efectos sociales más evidentes. El segundo es la aparente premura con la cual el secretario Rubio parece estar abordando el tema Cuba en los últimos días.
El problema con el término terrorismo es que, a pesar de su amplio uso en las ciencias sociales y en los medios de comunicación desde hace mucho tiempo, no hay una noción universalmente aceptada ni completa de este término. Muchas de las nociones que se han intentado a lo largo de los años han probado ser sumamente porosas e insuficientes, dejando como legado un término confuso que, en la práctica, sirve fundamentalmente como etiqueta del poder contra todas aquellas fuerzas que percibe como enemigas.
Quizás la noción más aceptada, aunque no exenta también de disputa y escaso consenso, es la de las Naciones Unidas, las cuales entienden el terrorismo como “cualquier acto destinado a causar la muerte o lesiones graves a civiles o no combatientes con el propósito de intimidar a una población o coaccionar a un gobierno o una organización internacional que realice o deje de realizar un acto específico.” Una definición tan general sirve para todo y para nada. Lo mismo es aplicable al bombardeo de una escuela por el ejército norteamericano en Irán como a un atentado con coche bomba del Daesh. En ciencias sociales, aquel concepto que sirve para todo no sirve realmente para nada.
Y es precisamente en este vacío en el cual el poder gana una clara capacidad de imponer su perspectiva. Aunque el término terrorismo como etiqueta contra los enemigos ha sido ampliamente usado en el discurso político norteamericano desde los años 80 y con más fuerza luego de los sucesos de la Torres Gemelas en Nueva York en 2001, su instrumentalización por parte de esta administración implica un giro sumamente interesante.
Por un lado, esta etiqueta ha sido usada en política exterior como herramienta para la injerencia en asuntos internos de los estados, como parte de la doctrina Donroe para recuperar el control hemisférico y la hegemonía de Estados Unidos. La designación como terroristas de figuras públicas, como el secuestrado presidente Nicolás Maduro, o de organizaciones tan diversas como el ficticio Cartel de los Soles en Venezuela, el Comando Vermelho en Brasil o el Cartel Jalisco Nueva Generación en México han servido para sentar las precarias bases legales de una agenda de agresión multifactorial donde se combinan operaciones militares con aranceles, sanciones económicas, acción subversiva de agencias de inteligencia y un amplio etcétera en línea con los amplios recursos del imperio norteamericano.
Por el otro lado, esta etiqueta aplicada en contra de diversas organizaciones e individuos al seno de los Estados Unidos parece formar parte del inicio de una nueva “cacería de brujas” capitaneada por el secretario de Estado. Mientras el poder permanece voluntariamente ciego e incapaz de actuar frente a la clara reemergencia de la violencia políticamente motivada de numerosas organizaciones de ultraderecha en el país, se inventa enemigos y redes de subversión que no existen, con el único fin de golpear con toda la fuerza del aparato represivo federal a cualquier actor político que se atreva a cuestionar el régimen de concentración extrema de la riqueza en la nación.
Este retorno del espíritu de Mc Carthy se da en un momento sumamente complejo para el grupo en el poder. Y esto pudiera explicar el segundo punto de interés señalado: la premura que parece tener Rubio por impulsar su agenda en todos los frentes. En la medida en que se acercan las elecciones de medio término, el escenario se torna más tenso para los republicanos. La guerra de Irán, lejos de resolverse, se ha reanudado con significativa intensidad y su impacto en la economía global y norteamericana en particular no ha demorado en hacerse sentir. El estrecho de Ormuz está cerrado y, producto de la escalada entre Ansar Allah y Arabia Saudita, el de Bab el Mandeb está también cerrado para buques sauditas, con lo cual se bloquea la salida por esa vía al mercado internacional del mayor exportador global de petróleo.
La región de Asia Occidental en su conjunto está sumamente desestabilizada y hay peligro real de una escalada que pueda llevar la guerra a otro nivel de destrucción. Particularmente preocupantes son los ataques contra infraestructura energética, plantas potabilizadoras, puentes, centrales nucleares y redes de internet. Un conflicto fuera de control tendría consecuencias incalculables para la región y el mundo.
Estados Unidos solo tiene dos opciones claras en este momento. O retirarse y aceptar la catástrofe política o escalar y arriesgar una catástrofe aún mayor. El medio norteamericano Politico, al dar los resultados de una nueva encuesta sobre el apoyo a la gestión del presidente Trump este 22 de julio, calificaba el escenario como “una situación políticamente imposible”. Así lo reflejan los números. [1].
Mientras en mayo el cincuenta por ciento de los votantes MAGA de Trump creían que la guerra valía la pena independientemente de su costo económico, hoy ese número ha caído a alrededor de un 37 por ciento. Aproximadamente uno de cada cinco votantes MAGA considera que el presidente debería terminar la guerra sin importar el costo económico. Estos números son aún más bajos entre los votantes de Trump que no son miembros del movimiento MAGA: solo el 21 por ciento cree que Estados Unidos debe continuar la guerra sin importar el riesgo, mientras que un 28 por ciento considera que debe terminarse a cualquier costo.
Como promedio, un 63 por ciento de los votantes de todos los perfiles ideológicos en Estados Unidos consideran que la guerra de Irán es la principal causa del aumento en los precios de la gasolina y otros productos de consumo. Entre la base MAGA este número es tan alto como el 57 por ciento. Uno de cada cinco votantes de Trump considera que los precios hubieran subido menos con un presidente demócrata.
Aunque por sí solos estos valores no llevan a ningún resultado concluyente, si expresan tendencias preocupantes para el grupo en el poder. A pesar de la sorprendente capacidad de recuperación política de Trump, los números no han dejado de descender en un año electoral crítico. Cualquier retroceso en el control de estados claves o alguna de las cámaras del legislativo implicaría consecuencias significativas para la agenda imperialista impulsada durante el último año y medio y pondría, potencialmente, significativos obstáculos a los planes criminales en curso contra países como Cuba.
De ahí la premura de Rubio. Sus maquinaciones de los últimos días son parte del esfuerzo por hacer todo lo posible para precipitar, en el corto plazo, su agenda. El secretario de Estado mezcla en un panfleto redactado con premura los enemigos políticos internos con su obsesión anticubana, en un metarrelato psicodélico que hace las delicias de cualquier buen amante de las teorías de la conspiración.
Sin embargo, que sea inverosímil no impide que igual sea usado como herramienta en contra del pueblo cubano, del eje de la Resistencia en Asia Occidental, de las fuerzas progresistas en el propio Estados Unidos o de actores geopolíticos como China. Al final, la guerra es contra todo aquel que adverse la agenda imperialista y criminal de Estados Unidos, en cualquier parte del mundo. El terrorismo, el comunismo, la libertad, la democracia, son excusas. Para estas personas y los intereses que representan, la muerte, el dolor y la destrucción de culturas y pueblos es solo un negocio.
Fuente: Almayadeen