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.Figaredo y una señora gallega

 




Nunca se sabe cuándo la democracia puede pasar de las papeletas a los hechos y decidirse a tomar la Bastilla por las bravas. Abascal fue este verano a Ceuta a sembrar vientos y tuvo que conformarse con recoger tempestades atrincherado en un hotel. Ni siquiera se atrevió a posar en un balcón con el casco de los Tercios, cuando antes le habían sacado una foto de navegante a lo Núñez de Balboa a bordo de un ferry de Balearia. Una muchedumbre enfurecida no hace distinciones ideológicas entre derecha e izquierda, y algo parecido les ocurrió a Elma Saíz, ministra de Inclusión; a Julio Basurco y Mohamed Mustafá, líderes de ¡Ceuta Ya!; y a Alvise Pérez, quien acudió a caldear los ánimos y por poco no le caldean los lomos.Mucho más educada, también más efectiva, fue la comitiva popular que recibió a la delegación de Vox en el municipio gallego de Sada. Figaredo había ido a criticar las cuotas pesqueras impuestas por la Unión Europea, es decir, a defender la pesca de la caballa y la sardina después de su impetuosa defensa de la caza de migrantes uno a uno, pam, pam, pam. Lo que pescó, mayormente, fue una serie de adjetivos -más bien epítetos en su caso- que le fueron cayendo uno a uno, pam, pam, pam, como migrantes recién cazados, y que terminaron de definirlo para los anales. Y mira que Figaredo, durante sus actuaciones en el Congreso de los Diputados, se esfuerza en definirse por sí mismo con su voz de ocarina clueca y sus patillas de bandolero en paro, con sus gafas de contable y sus opiniones de negrero, pero al final quien lo ha retratado para la posteridad, de un plumazo, ha sido una señora gallega.