foto archivo: Niña gazatí que, como Sama, trata de sobrevivir a las bombas israelíes imaginando un mundo distinto, sin la crueldad que hoy sufre todo un pueblo.
Fragmento de una crónica periodística arrancada del genocidio que viene ocurriendo en Gaza.
De camino a Jan Yunis, se sentó a mi lado una niña llamada Sama. Estaba en el regazo de su madre, señalando con su dedo hacia la ventana. Entendí que quería ver el mar. Bajé el cristal, la senté en mi regazo y esbozó una sonrisa, como quien recuerda que la vida tiene otra forma. Le dije riendo: —¡Por Dios, no me había dado cuenta de que llevabas tiempo haciéndome señas! ¿Por qué no me llamaste, tío, niña?. Su madre contestó apurada : Solía hablar mucho, pero después de lo que le pasó hace dos años, dejó de hablar. Solo se comunica por señas. Apurado, un momento, me quede mudo. Como periodista, dentro de mí hay un viejo deseo de curiosear y no puedo reprimir: el deseo de preguntar. Y pregunté, aunque me di cuenta de que iba a cometer de nuevo el pecado de la curiosidad.
El 7 de diciembre de 2023, fueron sitiados en la escuela Masqat, en la calle Yafa. Trescientos civiles esperaban ser «evacuados». Los soldados ordenaron a los hombres que salieran primero. Los engañaron y ejecutaron a cuatro de ellos ante los ojos de sus mujeres e hijos. El padre de Sama era uno de ellos.
Media hora después, su hermana mayor salió para intentar arrastrar el cuerpo de su padre , y los soldados, apostados frente a la escuela, le dispararon. Desangró durante nueve horas enteras en el suelo y, con la gracia de Dios, sobrevivió.
El ejército de ocupación ordenó a las mujeres desplazarse al oeste de la ciudad, tras detener al resto de los hombres, el primero de los cuales era su hermano mayor. En el camino, la madre descubrió que su hija había desaparecido . Ese lapsus de tiempo, bastaba para que el alma envejezca una era.
La madre estuvo tres días yendo de vuelta a la escuela, con la esperanza de encontrar a su hija, el ejercito de ocupación convirtió la escuela en cuartel militar. Suplicaba a los soldados que le permitieran pasar para buscar la niña. Al tercer día, le permitieron el paso hacia la zona, buscando entre los escombros de las casas y las paredes calcinadas, entre un montón de pequeñas mochilas rotas, por fin la encontró a Sama, sentada junto a una pared, con ropa sucia, con la mirada fijamente perdida en la nada, la niña, como pueden imaginar , estaba en un estado lamentable pero afortunadamente viva, durante tres días, sin comida ni agua.
Desde aquel día, de la boca de Sama no ha salido una sola palabra, no lloraba , no gritaba. Solo señala. Para pedir, golpea su plato para comer y su vaso para beber.
Miré a Sama mientras esbozaba una leve sonrisa ante el mar. Me emocioné creyendo que iba da decir algo, cualquier cosa, pero fue en vano.
Querida Sama, solo escuchando tu historia me hizo perder el habla, mudo ante tanta crueldad, tanto desprecio, tanto silencio cómplice, pero mi pregunta sigue en el aire ¿Cómo puedo consolar a Sama, una niña que ha pasado por todo esto. Es lo mismo que todo un pueblo que no ha perdido su voz, su esperanza de que algún día, no muy lejano, su voz sea escuchada y sus derechos sean recuperados y sus verdugos sean juzgados. Esta es la única manera de que Sama, y con ella la infancia palestina recupere su voz.
Mientras tanto solo me queda maldecir el silencio , la complicidad de esta maldita civilización, que ha contribuido a silenciar, borrar la sonrisa de los niños palestinos. Un mundo que sigue mirando las pantallas de televisión escuchando a nuestros lideres pronunciado discursos sobre la, la paz, la justicia y la igualdad. Mientras silencia el genocidio de todo un pueblo, al mismo tiempo que conmemora el holocausto Nazi, pero no quieren ver a Sama…