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“Ningún evento deportivo encarna y refleja mejor el mundo actual —fracturado, corrupto, convulso, a la deriva— que la Copa Mundial”. Editorial de la revista digital ‘Golden Goal’.

 Nos hemos instalado en la cultura de la desproporción. Un estado de amnesia selectiva donde las audiencias no siempre se conquistan por el peso de los argumentos, sino por el secuestro de nuestra atención.


Vivimos acostumbrados a un ecosistema mediático capaz de inflar burbujas de fascinación colectiva y sostenerlas artificialmente en el tiempo, ya sea al dictado del fervor pseudorreligioso ante la visita del Papa o mediante el hipnótico compás del último circo futbolístico. Son momentos de embobamiento generalizado, auténticos agujeros negros informativos que absorben la energía pública y aplanan el debate. El problema no es la fe ni el deporte; el problema es el vacío que dejan a su alrededor cuando todo lo demás se apaga.


Mientras la mirada social se congela en el espectáculo, la realidad de las cosas que verdaderamente configuran nuestra convivencia democrática parece pasar a un segundo plano, como si fuera mero ruido de fondo. Asistimos, casi de perfil, a fenómenos de una gravedad institucional inédita, como el asedio y el salto institucional que sufre el Gobierno a través de una ofensiva judicial y política sin precedentes. Un cuestionamiento de las reglas del juego que, en cualquier otra circunstancia, debería hacernos saltar las alarmas sobre la salud de nuestro sistema democrático. Pero la atención es un recurso finito y, convenientemente dirigida, prefiere el bálsamo de la épica o de la liturgia antes que la aridez de la defensa institucional.


Esta distracción masiva resulta especialmente dolorosa cuando miramos a la calle. Problemas sociales sangrantes y cotidianos, como la emergencia habitacional y la imposibilidad de acceder a una vivienda digna —que ahoga a generaciones enteras y destruye proyectos de vida—, dejan de pronto de ser relevantes en la agenda pública. La urgencia social se diluye, anestesiada por el fervor del líder de los católicos o la euforia del balón.


Como periodistas y como lectores, haríamos bien en preguntarnos quién sale ganando cada vez que el circo consigue que la realidad nos parezca un asunto secundario. Porque ya sabemos quién sale perdiendo.


Buena semana.