Docenas de miles de españoles se hundieron en el mismo revoltijo anónimo e infernal de las fosas comunes, ese clamoroso misterio que sigue siendo la herida abierta más infame de nuestra historia
Juan Luis Trescastro, uno de los verdugos implicados en el asesinato de García Lorca, alardeaba años después en los bares de Granada diciendo que “le metimos dos tiros en el culo por maricón”. En medio de la barbarie homicida del golpe de estado franquista, a Lorca lo mataron por varias razones: por homosexual, por su compromiso con la República, por su trabajo en la compañía teatral La Barraca y también por antiguas rencillas familiares con los Alba y los Roldán, rencillas que tenían que ver tanto con disputas económicas como con el rencor que sintieron al verse retratados en el opresivo ambiente de La casa de Bernarda Alba.
Cuando el gran escritor británico H. G. Wells preguntó por el destino de Lorca, el gobierno civil respondió mediante un breve telegrama en el que decía que ignoraba su paradero. En enero de 1938, el mismísimo general Franco declaró al ABC de Sevilla: “Ese escritor murió mezclado con los revoltosos. Son los accidentes naturales de la guerra”. En la naturaleza despiadada y sistemática de la represión franquista, docenas de miles de españoles se hundieron en el mismo revoltijo anónimo e infernal de las fosas comunes, ese clamoroso misterio que sigue siendo la herida abierta más infame de toda la historia de España.
A Lorca lo mataron con 38 años, lo que da una idea del daño irreparable que sufrió la literatura española al perder en plena juventud a un poeta y dramaturgo de talla universal. Da vértigo pensar el rumbo que podía tomar su genio después del Llanto por Ignacio Sánchez Mejías, de Poeta en Nueva York y de La casa de Bernarda Alba. En El Público, su obra teatral inconclusa, abordaba sin tapujos la pureza del amor homosexual y la decadente moral burguesa de la época mediante una compleja escenografía a base de máscaras. Con una de sus fúnebres premoniciones, el propio Lorca advirtió a sus amigos que este drama no podría representarse hasta tres o cuatro décadas después de su muerte, lo que se cumplió con ironía macabra.
A Lorca lo mataron con 38 años, lo que da una idea del daño irreparable que sufrió la literatura española al perder en plena juventud a un poeta y dramaturgo de talla universal
No fue hasta 1970 que la editorial Gallimard publicó unas traducciones al francés de los Sonetos del amor oscuro, como los bautizara Vicente Aleixandre, una colección de once sonetos que la familia del poeta había guardado celosamente para evitar represalias del régimen. En 1983, Luis Alberto de Cuenca y Víctor Infantes imprimieron una edición anónima y clandestina de 250 ejemplares que enviaron a diversas personalidades de la cultura española. Al fin, el 17 de marzo de 1984, Miguel García-Posada publicó el texto completo en el suplemento cultural de ABC, aunque sin el adjetivo del título. Todavía recuerdo la emoción con que mi añorada profesora de COU, Marita, entró el lunes en clase con el periódico en la mano y dedicó la clase entera a los poemas perdidos de Lorca