Regresar a una Cuba anterior a 1959 sería cometer un error histórico y moral. Sería volver a una nación entregada a intereses ajenos, sometida a un gobierno extranjero, marcada por la censura, la desigualdad social y la humillación de todo un pueblo. Sería confundir los privilegios de una minoría con el bienestar de todo un pueblo
Hay nostalgias que nacen de la memoria afectiva y otras que proceden de una peligrosa voluntad de deslegitimar procesos históricos, erosionar conquistas populares y alimentar, bajo la apariencia inocente del recuerdo, una voluntad política de restauración y revancha contra las revoluciones.
Las primeras pueden ser comprensibles: evocan músicas, calles, gestos familiares, fragmentos íntimos de una época. Las segundas, en cambio, no recuerdan; más bien encubren. La nostalgia que pretende presentar la Cuba de Fulgencio Batista como una supuesta “tacita de oro” pertenece, sin duda, a esta segunda categoría.
Si aquella Cuba fue realmente una joya, conviene preguntarse de qué materia estaba hecha. ¿De oro, como repiten sus apologistas, o de miedo, sangre, censura, analfabetismo, prostíbulos, dependencia extranjera y campesinos amenazados de desalojo?
Porque los datos, tercos e incómodos, desmienten la fantasía de quienes prefieren recordar el brillo de los casinos antes que la sombra de los cuarteles. La Cuba anterior a 1959 no puede evaluarse desde la vitrina de una minoría privilegiada; tiene, obligatoriamente, que evaluarse desde la experiencia concreta de las mayorías excluidas y oprimidas.
Nunca antes se había ejercido el poder en Cuba con semejante atrocidad y barbarie como en los años previos al triunfo revolucionario. La muerte fue administrada con una impunidad alarmante.
La prensa fue silenciada con una brutalidad que Batista, como buen dictador, no tuvo pudor en imponer. La prostitución, el juego, el contrabando y el vicio prosperaron bajo la complicidad de quienes decían combatirlos.
La Justicia, fue rebajada hasta el descrédito por quien, desde la Presidencia de la República, debía haber sido el principal garante de la legalidad, la soberanía y la dignidad nacional.
La Cuba anterior a 1959 no puede evaluarse desde la vitrina de una minoría privilegiada; tiene, obligatoriamente, que evaluarse desde la experiencia concreta de las mayorías excluidas y oprimidas
Por eso resulta intelectualmente deshonesto afirmar que en Cuba se “vivía bien” antes de 1959. ¿Quién vivía bien? Esa es la pregunta decisiva. ¿Vivían bien los campesinos amenazados de desalojo? ¿Vivían bien los niños rurales sin escuela? ¿Vivían bien las familias que apenas podían alimentarse? ¿Vivían bien los enfermos sin acceso gratuito a la salud? ¿Vivían bien los trabajadores endeudados, las mujeres empujadas a la prostitución, los opositores perseguidos y asesinados, los periodistas silenciados?
Hablar de prosperidad sin responder a esas preguntas equivale a hablar desde la comodidad moral de los vencedores sociales de aquel orden. ¿Cómo fue posible, entonces, una revolución contra el ejército y contra el orden establecido? ¿Cómo pudo levantarse un país entero contra una supuesta “joya de oro”?
John F. Kennedy, en octubre de 1960, durante un banquete de campaña electoral, reconoció con crudeza ese respaldo vergonzoso. Admitió que uno de los errores más desastrosos de Estados Unidos había sido encubrir y apoyar a una de las dictaduras más sangrientas y represivas de la historia latinoamericana.
Según sus palabras, Fulgencio Batista asesinó a 20.000 cubanos en siete años, una proporción de la población cubana mayor que la de los estadounidenses muertos en las dos guerras mundiales.
Los datos sociales de la época desmontan la fábula. Una sociedad donde amplios sectores de la población rural carecían de electricidad, baño, atención médica y educación básica no puede ser descrita honestamente como una joya.
Una nación, donde la población negra era discriminada, donde el analfabetismo, la desnutrición y la mortalidad infantil golpeaban a las mayorías, no era un paraíso interrumpido por la Revolución.
El lujo de unos pocos no compensaba la miseria de muchos, los casinos no sustituían a las escuelas, los hoteles no curaban el paludismo. Las luces urbanas no iluminaban el abandono del campo; Cuba antes de 1959 era, sin ambages, un país profundamente enfermo, desigual y racista.
Resulta intelectualmente deshonesto afirmar que en Cuba se “vivía bien” antes de 1959. ¿Quién vivía bien? Esa es la pregunta decisiva
A esa precariedad social se sumaba una dependencia económica humillante. Al comenzar 1959, las empresas norteamericanas poseían cerca del 40% de las tierras azucareras, casi todas las fincas de ganado, el 90% de las minas y concesiones minerales, y el 80% de los servicios.
Una nación en tales condiciones difícilmente podía considerarse plenamente soberana. Sin contar que Cuba arrastraba desde 1902 una condición neocolonial, agravada por la Enmienda Platt, que otorgaba a Estados Unidos el derecho de intervenir en los asuntos cubanos cuando lo estimara conveniente.
A todo ello se sumaba, algo que fue mencionado antes, la segregación social y racial. Muchos cubanos no blancos desaparecieron o murieron en los márgenes de la sociedad, viviendo en condiciones de servidumbre por contrato.
La policía y el Servicio de Inteligencia Militar asesinaban a presuntos miembros de la clandestinidad y dejaban cuerpos en lugares públicos como advertencia.
Se torturaba a los rebeldes, muchos de ellos estudiantes, para extraer información: se les arrancaban las uñas, se les provocaban quemaduras y mutilaciones, y se ejercía violencia sexual contra sus familiares.
Idealizar la Cuba de Batista implica trivializar el sufrimiento de sus víctimas. Implica sugerir que la represión puede ser perdonada si la economía ofrece beneficios a ciertos sectores; que la censura puede ser tolerada si los negocios funcionan; que la dependencia y el coloniaje extranjero pueden maquillarse como modernidad; que el asesinato político puede quedar sepultado bajo la música, el turismo y la arquitectura.
También es necesario recordar el desenlace moral de aquella dictadura. Batista huyó en la madrugada del 1 de enero de 1959 en tres aviones, llevándose once maletas cargadas de dinero, según declaraciones de algunos de sus acompañantes, y dejando las arcas del Estado sin un centavo.
La famosa “tacita de oro” quedaba, literalmente, vacía. Este episodio tiene un valor simbólico extraordinario: el dictador que decía gobernar para la estabilidad terminó escapando con el dinero, abandonando el país que había explotado y dejando tras de sí una institucionalidad saqueada.
La Enmienda Platt, otorgaba a Estados Unidos el derecho de intervenir en los asuntos cubanos cuando lo estimara conveniente
Por todo ello, regresar a una Cuba anterior a 1959 sería cometer un error histórico y moral. Sería volver a una nación entregada a intereses ajenos, sometida a un gobierno extranjero, marcada por la censura, la desigualdad social y la humillación de todo un pueblo. Sería confundir los privilegios de una minoría con el bienestar de todo un pueblo.
Frente a quienes dicen que Cuba era una “joya de oro” que quieren que regrese, la respuesta debe ser clara; una joya no se construye sobre 20.000 muertos, sobre niños sin educación, sobre campesinos enfermos, sobre trabajadores endeudados, sobre prensa amordazada y sobre un país saqueado.
Aquella Cuba no era una tacita de oro, era una tacita vaciada por la corrupción, la dependencia y la violencia. Y debajo de ese brillo aparente había hambre, enfermedad, ignorancia impuesta, subordinación extranjera y represión política.
Y la Revolución llegó para recordárnoslo, nació del hartazgo de los humildes frente a la humillación, de la sangre de una isla que decidió levantarse para no volver a arrodillarse jamás.
Recordar aquella Cuba no significa querer regresar a ella; significa mirarla con lucidez, sin mitos ni nostalgias oportunistas, para comprender que ningún pueblo debe volver al lugar donde fue saqueado, silenciado y despreciado. Recordarla es, precisamente, asumir la obligación histórica y moral de no regresar jamás allí.