“Me siento orgulloso de ser el presidente más sionista del mundo”, dijo el presidente Javier Milei hace apenas unos días. Más allá de que es evidente que Javier Milei es el presidente más muchas cosas del mundo, es conveniente detenerse a analizar esta aseveración, fundamentalmente porque no la hace un ciudadano argentino cualquiera.
Javier Milei no dice “soy la persona más sionista del mundo” o “soy el argentino más sionista del mundo”, sino “soy el presidente más sionista del mundo”.
Javier Milei está asociando el cargo de presidente de la Nación argentina con la causa del sionismo. Al margen de implicaciones de índole institucional que pudiera tener declararse defensor de los intereses nacionales de otro Estado que no es el argentino desde la mismísima Casa Rosada, es imposible exagerar las connotaciones que esta declaración del presidente de Argentina tienen en este momento concreto.
Javier Milei se declara como el presidente más sionista del mundo y, por extensión, coloca a Argentina como el país con el gobierno más sionista del mundo, en un contexto en el que el imperialismo sionista ha abierto una guerra total con Irán y Líbano.
Lo hace, además, tras haber presenciado desde el año 2023 el genocidio en la Franja de Gaza. Milei coloca a Argentina en el foco de eventuales represalias, de cualquier tipo, por la violencia que el expasionismo racista de «Israel» ha ejercido en los últimos años, por la violencia que está actualmente ejerciendo y por la violencia que seguro ejercerá en el futuro.
El posicionamiento de la Casa Rosada ubica irremediable e inequívocamente a Buenos Aires como parte integrante de un eje imperial que se halla inmerso en una guerra de agresión cuyo desenlace es todavía incierto.
Semejante decisión por parte de Javier Milei no solo responde a su incapacidad intelectual de comprender las más básicas dinámicas de la geopolítica o la guerra, sino también a una deriva religiosa mesiánico-delirante que, desde el inicio de su mandato, le ha acercado a segmentos ultra y sectarios del judaísmo sionista.
Esta “redefinición” —por ser enormemente amables con el presidente Milei— de la política exterior argentina no solo no responde a los intereses argentinos, sino que atenta directamente contra ellos, máxime frente a potenciales escenarios futuros en los que «Tel Aviv» pueda llegar a apretar el botón rojo nuclear.
El gobierno de Javier Milei ubica a Buenos Aires a la vanguardia de una ola cipaya en América Latina que gustosamente acepta someter su política económica, militar e internacional a los dictados de Trump.
En el caso del mandatario argentino, tal subordinación se busca activamente y, de hecho, extiende la filiación sionista personal de Milei al esqueleto del Estado argentino y a su diplomacia. Argentina queda irremediablemente del lado del genocidio en Gaza y de las guerras de agresión en Asia suroccidental, muy lejos de la tradicional neutralidad… y mucho más lejos de la tercera posición peronista.
Al mismo tiempo, Argentina compromete a largo plazo sus planes económicos como consecuencia de acuerdos con grandes firmas estadounidenses e israelíes, así como con tratados bilaterales con el Estado de «Israel», un ente que va a seguir siendo portador de conflictos e inestabilidad durante bastante tiempo.
Javier Milei dijo también que «ellos, junto a Estados Unidos e «Israel» “vamos a ganar” la guerra y aseveró que la República Islámica de Irán es enemiga de Argentina.
Este posicionamiento solo puede ser entendido desde la más cruda de las sumisiones a Trump y Netanyahu, por cuanto desde ningún punto de vista puede plantearse que en algún momento de la historia Teherán haya sido enemigo de Buenos Aires.
Ha sido Argentina, unilateralmente y sin mediar provocación previa, la que ha decretado que aquel país, a más de trece mil kilómetros de distancia, está “en guerra” con Argentina
Desavenencias aparte, Irán nunca ha considerado a la República Argentina como “enemiga” ni ha amenazado su integridad territorial ni la seguridad del suelo argentino.
Esa “línea roja” que Teherán afirmó haber sido cruzada por Javier Milei no es solo un riesgo presente para Argentina, sino una severa complicación diplomática para un futuro gobierno no cipayo.
Si Javier Milei pierde la presidencia en 2027, y si el próximo gobierno argentino en el país se marca como objetivo romper la inercia mileísta, el siguiente presidente tendrá una tarea compleja en el plano económico, pero también en el campo diplomático.