Pensamiento crítico. El marxismo y la cuestión racial Por Daniel Montañez Pico / La Tizza / 19 de agosto de 2025.
Persiste en ciertos círculos académicos y militantes — cada vez menos, por fortuna— la idea de que el marxismo es ciego a la cuestión racial y en general a todas las cuestiones que no sean estrictamente económicas. Se suele acusar al marxismo de economicista, reduccionista de clase o eurocéntrico, y se le interpela como incapaz de conocer la complejidad de la realidad y afrontar los retos políticos de la sociedad mundial contemporánea.
Ese estereotipo, difundido tanto por sectores de «derecha» como de «izquierda», ha logrado alejar del marxismo y su horizonte revolucionario a muchas generaciones de militantes, en especial a aquellas que más sufren en carne propia los prejuicios raciales, coloniales, religiosos, de género, etc. Es decir, es un estereotipo que en términos generales tiene un objetivo político reaccionario, claro y evidente.
Pero, ¿cómo es posible que un estereotipo tan falso haya tenido seguimiento incluso entre las filas de militantes revolucionarios?
Primero, hay razones externas a la tradición marxista. La burguesía juega sus cartas y activa todo su poderío propagandístico en contra de la tradición intelectual y política que más ha cuestionado su existencia y amenazado su poder. Pero también existen razones internas, que son justamente aprovechadas por la propaganda burguesa. En la tradición marxista han existido — y siguen existiendo— intelectuales, organizaciones y militantes que en muchas ocasiones tienen análisis, prejuicios y actitudes racistas, machistas y similares. Hay intelectuales marxistas para los que analizar y poner el foco en la cuestión racial o de género implica abandonar la centralidad de la cuestión de clase, en lo que sería una suerte de revisionismo o desviación. Y también es cierto que dentro de las organizaciones marxistas han existido comportamientos y actitudes racistas, machistas, etc.
El asunto, aunque lamentable e injustificable, es entendible. Las organizaciones revolucionarias marxistas y sus intelectuales se encuentran inmersas en la sociedad capitalista, la cual está hegemonizada por los valores y la subjetividad burguesa, que alienta y se beneficia de ese tipo de prejuicios y actitudes discriminatorias que dividen y fragmentan el potencial político revolucionario de la clase trabajadora. De esa manera, aunque atente contra sus propios intereses, las organizaciones de la clase trabajadora muchas veces reproducen los prejuicios y actitudes de la sociedad que habitan, incluso llegando al extremo de justificar la situación desde la teoría marxista, como sucedió con las posturas «revisionistas» y lo que hoy sigue pasando con el llamado «rojipardismo». Debido a eso, podemos comprender en ciertos contextos el alejamiento de militantes y simpatizantes del marxismo y sus organizaciones, y también el aprovechamiento que la propaganda burguesa hace al respecto.
Por tanto, como marxistas se nos imponen dos grandes e importantes tareas:
1) confrontar la propaganda burguesa y su estereotipo de que el marxismo es economicista, reduccionista de clase, eurocéntrico, etc. — en definitiva los mejores aportes y la gran mayoría de los desarrollos de nuestra tradición son todo lo contrario — ; y,
2) confrontar a lo interno con los análisis «marxistas» mecanicistas que restan o niegan la importancia de la cuestión racial, de género, etc., así como los prejuicios y actitudes discriminatorias en el seno de nuestras organizaciones.
Atender esas tareas hoy, es fundamental debido al contexto de auge reaccionario y de aumento de la violencia que está experimentando la clase trabajadora — en especial la migrante—, que sufre el prejuicio racial a nivel mundial y puede propiciar un fructífero diálogo político entre organizaciones marxistas y aquellas que se organizan de forma específica frente al racismo. En este texto trataremos de contribuir a ello con un recuento breve y resumido de cómo se ha analizado y trabajado la cuestión racial desde el marxismo.
La cuestión racial en los orígenes del marxismo
En las obras de Marx y Engels, aunque no lo desarrollen de forma sistemática, se establecen las bases para una comprensión del racismo desde el materialismo histórico. Dos aspectos son fundamentales:
1. El racismo es una construcción social ideológica útil a los intereses de la burguesía, cuyo fundamento material es el colonialismo / imperialismo y la división internacional del trabajo.
Desde sus primeras obras Marx y Engels identificaron la importancia del colonialismo / imperialismo y la división internacional del trabajo para el surgimiento y desarrollo del capitalismo. Señalaron cómo, a través del expolio de recursos en las colonias, la explotación de población colonizada — tanto en las colonias como en las metrópolis con obreros migrantes— y el control del mercado mundial, la burguesía de las potencias imperialistas logra el acceso a una gran cantidad de materias primas, mano de obra barata y nuevos mercados donde colocar mercancías, lo cual facilita su desarrollo industrial, la implantación de las relaciones capitalistas de producción y el contrarresto de la tendencia decreciente de la tasa de ganancia.[1]
Ambos ubicaron el origen y auge de la ideología racista en ese proceso, en cuanto uno de los elementos más poderosos que promueve la burguesía para justificar y desarrollar el expolio: la explotación colonial y las relaciones imperialistas. Rechazaron los fundamentos de la ideología racista difundidos por la propaganda burguesa imperialista: tanto el supuesto carácter civilizador del colonialismo, como la idea de que existan razas biológicas inferiores / superiores, predeterminadas por naturaleza para servir unas a otras; en realidad, se intentaba maquillar la violencia extrema de los procesos de colonización con esos argumentos.[2]
Por tanto, fueron implacables en sus críticas al imperialismo y a la ideología racista como elementos violentos y útiles a los intereses de la clase burguesa y el proceso de acumulación de capital; se posicionaron en contra de hechos concretos como las guerras coloniales e imperialistas en Asia, la explotación de la población indígena en las minas de América, la esclavitud atlántica de población negra africana o el empeoramiento de las condiciones de trabajo y de vida de la población migrante, como la irlandesa en Inglaterra.[3]
2. El racismo produce división y fragmentación de la clase trabajadora y obstaculiza su potencial político revolucionario.
Aparte de identificar los fundamentos materiales de la ideología racista, las obras de Marx y Engels recogen una preocupación creciente sobre cómo es adoptada por una parte importante de la clase trabajadora de las potencias imperialistas que no sufre el prejuicio racial, quienes justifican el imperialismo e identifican las luchas anticoloniales como un ataque a sus intereses, lo que los coloca en esa cuestión del lado de la burguesía imperialista y en contra de la clase trabajadora colonial que sufre el prejuicio racial.[4] Marx y Engels señalaron que eso se debía a la influencia de la propaganda burguesa, pero también a una realidad material:
la clase trabajadora de las potencias imperialistas que no sufre el prejuicio racial se beneficia en cierta manera del colonialismo impulsado por la burguesía imperialista.[5]
Por tanto, ambos identificaron que en el trabajo contra el imperialismo y la ideología racista una de las tareas fundamentales era concienciar al sector de la clase obrera que no sufría el prejuicio racial de que apoyar a la burguesía imperialista era un error e iba en contra de sus intereses. Reconocieron el relativo beneficio que ese sector de la clase obrera podía obtener del imperialismo, pero enfatizaron que se trataba de un señuelo, unas migajas comparadas con lo que se perdía a cambio de su apoyo a la burguesía imperialista. En ese sentido, establecieron dos tareas fundamentales:
1) exposición de argumentos éticos y morales que apelaban a la compasión y solidaridad frente a la extrema violencia que sufría la clase trabajadora de los países colonizados o migrante; y,
2) exposición de cómo la defensa del colonialismo y el racismo desviaba de su liberación al sector de la clase obrera que no sufría el prejuicio racial.
Ese último argumento fue en verdad poderoso. Intentar que la clase obrera occidental, después de siglos de colonialismo y permeación de la ideología racista, criticara la acción colonial por compasión hacia el maltrato de los sujetos colonizados, era un trabajo necesario que había que hacer, pero muy complicado. Sin embargo, mostrar cómo esa acción colonial, que en apariencia les otorgaba de forma relativa y esporádica ciertos beneficios, en realidad profundizaba y agravaba su propia explotación y bloqueaba sus opciones de emancipación socialista, era una estrategia que podía generar una mayor toma de conciencia porque apuntaba directamente a sus propias condiciones de vida.
Marx y Engels señalaron que el relativo beneficio de la acción colonial que le llegaba a la clase trabajadora de las potencias imperialistas se concentraba en gran medida en las pequeñas capas más acomodadas de la clase, las cuales solían poner todo su empeño en obstaculizar la organización revolucionaria a través de priorizar la lucha por reformas, de propagar ideas nacionalistas interclasistas y su apoyo firme al fundamento material de su posición relativamente acomodada: el imperialismo y el racismo. Eso tenía que ser criticado como una estrategia contraria a los intereses de la clase trabajadora, que bloqueaba sus posibilidades revolucionarias.[6]
Las críticas de ambos a ese racismo que promovía políticas de carácter nacionalista e interclasista fueron muy comunes en multitud de contextos. Son notables sus intervenciones frente el racismo de ingleses contra irlandeses y de americanos blancos contra americanos negros. En ambos casos, dejaron patente en muchos artículos sus planteamientos de que, si la clase trabajadora inglesa y la blanca americana insistían en sus posiciones racistas, no sólo era una cuestión ética y moralmente cuestionable, sino también una postura que iba en contra de sus propios intereses y que bloqueaba sus posibilidades de emancipación socialista. Por tanto, insistieron en que luchar al lado de la clase trabajadora irlandesa y afroamericana, apoyar sus luchas por su independencia y liberación, era luchar por su propia emancipación. El camino mejor era apostar siempre por la «solidaridad de clase» frente a la «solidaridad racial».[7]
A modo de síntesis, podemos decir que, habiendo revisado cómo en las obras de Marx y Engels se aborda la cuestión racial, deducimos dos estrategias fundamentales:
1) confrontar los argumentos de la ideología racista, demostrar que sus premisas son falsas y señalar cuál es su auténtico fundamento material y los intereses a los que sirve; y,
2) confrontar los fundamentos materiales del racismo, el colonialismo y el imperialismo, al luchar contra la difusión del racismo en el seno de la clase trabajadora y apoyar las luchas anticoloniales y antimperialistas.[8]
Teniendo Marx y Engels las cosas tan claras sobre la crítica al imperialismo y al racismo, ¿cómo es posible que se haya insistido tanto en acusarles de racistas y eurocéntricos? Desde los púlpitos antimarxistas se esgrimen, sobre todo, dos argumentos: 1) Marx y Engels son racistas porque hacen de vez en cuando comentarios racistas sobre determinados pueblos; y, 2) Marx y Engels defienden el colonialismo y el imperialismo por su «carácter progresista».
Frente al primer argumento, es cierto que Marx y Engels hacen algunos comentarios que contienen elementos típicos del racismo social imperante en Occidente, realizados, eso sí, siempre en el espacio de su correspondencia privada.[9] Esos comentarios no son justificables, pero sí entendibles dado el espacio social en el que se formaron, y en cualquier caso no invalidan los fundamentos de la teoría y las tareas políticas antimperialistas y antirracistas que identificaron y señalaron de forma pública y constante.
El segundo argumento es por completo falso. Es cierto que Marx y Engels sostienen que el imperialismo capitalista rompe con estructuras de poder y jerarquías tradicionales de las sociedades colonizadas, con la posibilidad de producir cierto avance de sus fuerzas productivas y la incipiente creación de un proletariado potencialmente revolucionario. Plantean que el colonialismo produce la extensión del sistema capitalista, que a través de la injerencia externa violenta hace avanzar y «progresar» al sistema capitalista en regiones no-capitalistas, con lo que establece las condiciones de posibilidad — la existencia de una amplia clase trabajadora desposeída— de una revolución socialista. Por tanto, si identifican un «carácter progresista» del colonialismo es en ese sentido: en cuanto hace progresar al capitalismo en contextos no-capitalistas y, por tanto, también la posibilidad de la revolución socialista que genera el desarrollo de sus contradicciones.
Pero la identificación de esta realidad no implica que defiendan el colonialismo y el imperialismo o una filosofía de la historia eurocéntrica y teleológica al estilo de Hegel. En ningún momento plantean que haya que profundizar el colonialismo para hacer avanzar el capitalismo y las posibilidades de la revolución socialista, más bien, hacen todo lo contrario. La lucha contra el colonialismo y el imperialismo es una cuestión fundamental en el pensamiento de Marx y Engels. Denuncian tanto la extrema violencia y el dolor humano que implica su acción, como su función útil a la clase burguesa, ya que redunda en aumentar su poder y contrarresta la tendencia decreciente de la tasa de ganancia y la crisis crónica del sistema capitalista.
Para Marx y Engels luchar contra el colonialismo y el racismo es una cuestión ética y moral, pero también una estrategia política de primer orden, que permite atacar algunos de los más importantes fundamentos del sistema y facilitar la necesaria unión política de la clase trabajadora a nivel mundial.[10]
La cuestión racial y el debate sobre el imperialismo en la II Internacional
Las últimas décadas de vida de Marx y Engels, que coinciden con el último cuarto del siglo XIX, estuvieron marcadas por cierta desesperanza. El impacto de la brutal represión de la Comuna de París, unido a las diferencias políticas internas, habían provocado la disolución de la I Internacional en 1876, principal organización donde habían puesto sus más grandes esperanzas políticas. Además, durante esos años, la clase burguesa, lejos de sucumbir a las crisis intrínsecas y periódicas del sistema capitalista, conseguía superarlas en gran medida gracias a una suerte de huida hacia adelante basada, sobre todo, en la profundización y expansión de la política monopolista e imperialista.
Los beneficios obtenidos por esa política permitieron conceder algunas demandas al movimiento obrero y mejorar las condiciones de explotación de la clase obrera occidental, lo que terminó inclinando hacia el reformismo a la mayoría de los liderazgos de las organizaciones obreras de las potencias imperialistas.[11]
En ese contexto, gran parte del movimiento obrero de inspiración marxista comenzó una reorganización y reorientación política que puso mayor peso en la organización a escala nacional y la formación de partidos socialdemócratas, que apostaban por la vía electoral reformista y la participación en las instituciones del Estado como una estrategia clave para la construcción del socialismo. Marx y Engels produjeron multitud de artículos y correspondencia sobre esas cuestiones, donde mostraron un mayor interés por la potencia revolucionaria de las luchas antimperialistas y la organización obrera en los territorios periféricos del capitalismo mundial.[12]
El giro hacia una estrategia más centrada en la agenda nacional y en la vía reformista desembocó en la proclamación de una II Internacional en 1889, donde llegarían a participar más de 40 organizaciones obreras — partidos, sindicatos, federaciones— de todo el mundo y de orientación política variada, pero cuya agenda estuvo liderada por el ala socialdemócrata reformista. La justificación teórica de ese giro la ofrecieron una serie de intelectuales y militantes liderados por Eduard Bernstein. Se argumentaba que el capitalismo, lejos de sucumbir a sus contradicciones internas, había encontrado formas de sobrevivir, expandirse y adaptarse. La mejora de las condiciones de vida de la clase obrera occidental era ahora una de sus tendencias clave. Por tanto, concluyeron que, en esas condiciones, ya no era necesaria la vía revolucionaria al socialismo, que sería posible construir su proyecto político a través de reformas y participar de manera pacífica en las instituciones políticas burguesas.[13]
Para sustentar ese giro intelectual, Bernstein y sus seguidores tuvieron que enfrentarse a la cuestión imperialista. Que la clase obrera occidental estaba logrando imponer a los gobiernos burgueses algunas de sus demandas y que caminaban hacia la mejora en sus condiciones de vida nadie lo negaba. Pero tampoco se negaba que eso podía producirse, en gran medida, gracias a los beneficios de la explotación colonial e imperialista, que sometía a una extrema violencia a la clase trabajadora de los países colonizados. Por tanto, se enfrentaban a un gran dilema:
el principal sustento de su tesis política reformista — la mejora de las condiciones de la clase obrera occidental— se apoyaba sobre la explotación violenta de gran parte de la clase trabajadora a nivel mundial. Por tanto, no podían apoyar las luchas anticoloniales, porque les quitarían ese sustento y tampoco podían apoyar la agenda reformista en los contextos coloniales, donde no existe esa «comodidad obrera».
¿Cómo resolvieron ese dilema? Con una huida hacia adelante: propusieron la defensa de un «imperialismo bueno», que lograra mantener los beneficios coloniales para la clase trabajadora occidental, pero tratando de un modo más amable a la población colonial, con la intención, además, de guiarles hacia un hipotético mayor grado de desarrollo que eventualmente les equiparara a Occidente, de manera que también se pudiera avanzar hacia el socialismo por la vía reformista en los contextos coloniales. Es decir,
le compraron la ideología racista, civilizadora, teleológica y eurocéntrica a la clase burguesa. No llegaron a defender los argumentos más agresivos de la ideología racista, pero sí sostuvieron que el camino hacia el progreso humano era el que había marcado Occidente y que había que defender el colonialismo occidental como una política útil y necesaria para el avance del socialismo a nivel mundial.[14]
La obra más importante y sistemática sobre la cuestión racial de la línea revisionista socialdemócrata fue elaborada por un importante miembro de la Sociedad Fabiana, el barón Sydney de Olivier, uno de los fundadores del Partido Laborista británico, quien ejerció destacados cargos institucionales en las colonias británicas como gobernador de Jamaica y secretario de Estado en la India. En 1906 publicó una pequeña pero destacada obra, titulada White Capital and Coloured Labour, donde analizó el origen y desarrollo de la división racial del trabajo y el papel del racismo en la constitución de las clases sociales en contextos coloniales británicos, sobre todo del Caribe y Sudáfrica.[15] En la obra, Olivier ubica el origen de la ideología racista en el violento proceso de colonización; destaca la gran importancia que tiene el racismo en la organización y reproducción de las clases sociales, las cuales siguen atravesadas por «líneas raciales» gracias a diversas leyes, políticas públicas y costumbres culturales racistas arraigadas en las sociedades coloniales. Sin embargo, la obra plantea que eso podría haber sido de otro modo, pues existiría una «acción colonial positiva» que lleve a los «pueblos atrasados» hacia un mayor grado de desarrollo, lo que implicaría una serie de propuestas reformistas. Pese a su carácter reformista y revisionista, la obra de Olivier es la primera que plantea un análisis sistemático de la cuestión racial desde el pensamiento marxista.[16]
La creciente hegemonía de la línea socialdemócrata reformista que defendía un «imperialismo bueno» en la II Internacional y las organizaciones obreras de la mayoría de los países occidentales provocó un intenso debate con los sectores marxistas que seguían apostando por la línea revolucionaria, antimperialista y antirracista. Los argumentos socialdemócratas defensores del «colonialismo amable» fueron enfrentados por su evidente debilidad: el beneficio del colonialismo se basa en empeorar las condiciones de explotación de la población colonizada y en bloquear su desarrollo, si esa situación se revierte, el beneficio colonial deja de existir y, por tanto, también el sustento de la «comodidad obrera» occidental. Además, si la población colonial se desarrolla de forma capitalista entra a competir con su metrópoli y termina cuestionando el colonialismo y eventualmente destruyéndolo, como pasó en las colonias de población occidental de los Estados Unidos, Canadá, Australia, etc.
El debate sobre reformismo e imperialismo fue uno de los más importantes en la II Internacional, y produjo algunas de las mejores y más importantes obras de la tradición marxista revolucionaria a escala mundial.
La posibilidad de un «imperialismo bueno» fue confrontada en las obras de muchos marxistas revolucionarios como Bujarin, Rosa Luxemburgo, Liebknecht, Trotsky o Lenin, quienes adoptaron el término «revisionistas», planteado por primera ver por Rosa Luxemburgo en su famosa obra Reforma o revolución (1898), para referirse a la línea intelectual socialdemócrata reformista que trataba de justificar el desarrollo de la clase burguesa imperialista a través de una supuesta «actualización» de la teoría marxista.
Los marxistas revolucionarios, por tanto, siguieron insistiendo, al igual que Marx y Engels, en la agenda revolucionaria antimperialista y antirracista como eje fundamental de la lucha contra el capitalismo.[17]
En medio de ese debate, la tendencia imperialista de las potencias capitalistas siguió su curso y terminó desembocando en el estallido de la Primera Guerra Mundial, que provocó un cisma en la II Internacional entre quienes seguían apoyando la estrategia reformista de escala nacional y el imperialismo, y quienes criticaban esa deriva como revisionista, antimarxista y reaccionaria. Los socialdemócratas apoyaron la guerra, lo que implicaba apoyar la confrontación entre la clase obrera de distintos países, y justificaron su abandono definitivo del internacionalismo proletario bajo el argumento del «defensismo», pues, según ellos, se trataba de una guerra defensiva y no imperialista. Por el contrario, quienes se mantenían en posiciones marxistas revolucionarias y de defensa del internacionalismo proletario identificaron las raíces burguesas e imperialistas de la guerra y rompieron con la II Internacional; por ello, en medio de la guerra, alentaron el internacionalismo proletario y la revolución socialista.
En ese contexto se publicó una de las obras clave del debate, Imperialismo, fase superior del capitalismo, de Lenin, que sistematizó y resumió la discusión sobre el tema que había sostenido la intelectualidad marxista durante décadas. En el texto, Lenin popularizó el concepto de «aristocracia obrera» para referirse a las capas de la clase trabajadora más acomodadas y colaboracionistas con la burguesía que defendían la agenda imperialista.
Para terminar este apartado, rescataremos una referencia poco conocida en nuestro mundo hispanohablante. Cuando nos acercamos a estos temas, es normal que recurramos a los textos clásicos de las grandes figuras del marxismo, los más conocidos y traducidos, que son casi siempre occidentales, pero en las sociedades colonizadas a principios del siglo XX la influencia de pensamiento marxista ya había empezado a calar y se había producido un análisis sobre la cuestión imperial y racial de gran interés.
En este sentido, uno de los textos pioneros de la época fue publicado en 1915 por el intelectual afroamericano W. E. B. Du Bois, militante panafricanista influenciado por el pensamiento marxista. El texto, titulado The African Roots of War, del cual ofrecemos la primera traducción al castellano en esta misma revista,[18] establece las causas imperialistas de la guerra, señala especialmente el papel del colonialismo en África y ofrece un análisis y una crítica del racismo y de la aristocracia obrera occidental en el proceso.[19]
La cuestión racial en la III Internacional
La Revolución de Octubre y la creación de un bloque político mundial de carácter marxista, revolucionario y antimperialista, organizado en la III Internacional desde 1919, propició un impulso inédito al análisis y debate sobre la cuestión racial. Hasta ese momento los análisis son claros, pero, poco profundos y sistemáticos — con algunas excepciones—, sin embargo, la III Internacional significó la apertura de un espacio donde intelectuales marxistas revolucionarios de todo el mundo tuvieron la oportunidad de analizar y debatir, por primera vez con una gran profundidad, acerca de esta cuestión.
Ese espacio de debate se abrió porque el movimiento comunista internacional identificó al imperialismo y a los movimientos por la autodeterminación nacional en contextos coloniales como una cuestión estratégica de primer orden.
En esa época se consideró que, debido al acomodamiento y el pacto obrero-burgués extendido en las potencias imperialistas, en las sociedades coloniales existían mejores condiciones para el desarrollo de procesos revolucionarios. Esos procesos, en caso de tener éxito, supondrían un obstáculo a la agenda imperialista occidental y podrían erosionar en el seno de las potencias imperialistas el pacto obrero-burgués, y extender también a esos contextos los procesos revolucionarios, sin los cuales la revolución socialista mundial sería difícil de realizar debido a su potencial bélico y tecnológico. Por tanto, la agenda de la Internacional Comunista proponía dos grandes tareas:
1) promoción de la constitución de partidos comunistas en las sociedades coloniales y apoyo a sus procesos revolucionarios de autodeterminación nacional; y,
2) extensión de la propaganda y agenda antimperialista y antirracista en las organizaciones obreras de las potencias imperialistas.
Ambas tareas implicaron la necesidad de un análisis profundo de la cuestión racial. Por un lado, los nuevos partidos comunistas de los países coloniales o semicoloniales / dependientes tenían que enfrentar el problema, pues gran parte de su clase trabajadora sufría el prejuicio racial y el racismo era un elemento fundamental para dificultar la organización de la clase trabajadora y facilitar la explotación.
Por otro lado, en las potencias imperialistas se daban dos escenarios. Lo más evidente es que había algunos países, entre los cuales destacaba los Estados Unidos, donde, por las características de su desarrollo histórico, el racismo también era un elemento fundamental de organización de su clase trabajadora nacional que había cristalizado en su aparato estatal político, jurídico e institucional. Pero, en el resto de las potencias imperialistas, que por su desarrollo histórico no habían tenido necesidad de aplicar tanto las lógicas raciales a la organización del trabajo en la metrópoli, los crecientes procesos migratorios de sujetos coloniales iban generando un incipiente auge del racismo.
Los análisis e investigaciones sobre la cuestión racial alcanzaron entonces multitud de contextos y fueron debatidos en multitud de foros, incluyendo los grandes congresos de la Internacional Comunista, tanto regionales como generales, lo cual derivó en tareas y organizaciones políticas específicas para afrontar la cuestión. Algunas de las más importantes contribuciones fueron:
- La cuestión racial en los Estados Unidos y Sudáfrica: una de las primeras problemáticas raciales que llegó a debatirse hasta los más altos niveles en la III Internacional fue la cuestión de la población negra en los Estados Unidos y Sudáfrica. En ambos contextos, donde la clase obrera estaba dividida por «líneas de color» organizadas por leyes y costumbres, la lucha antirracista cobró un papel primordial. Muchos militantes comunistas de esos países, sobre todo negros, pero también blancos, se dieron a la tarea de analizar el problema para proponer tareas políticas antirracistas concretas en sus respectivos contextos. De entre todos los participantes de ese gran debate podríamos destacar a James La Guma, de Sudáfrica y a Harry Haywood, de los Estados Unidos, quienes defendieron en el Sexto Congreso de la Komintern la idea de que en sus países la población negra era tratada como una «colonia interna», por lo que la lucha por su autodeterminación estaría justificada en los términos de la interpretación leninista de la cuestión nacional y colonial. Para el caso de los Estados Unidos, Haywood publicó numerosos artículos que analizaban la cuestión desde diferentes aristas, pero sus posturas quedaron sistematizadas más adelante en dos grandes obras: Negro Liberation (1948) y Black Bolshevik (1978).[20] Además de Haywood, otro autor de referencia de esta época fue W. E. B. Du Bois, quien cada vez más influenciado por el marxismo, publicó una de las obras más importantes sobre el tema, Black Reconstruction in America (1935), donde se analiza cómo se construyó la organización de la división racial del trabajo después de la abolición de la esclavitud en los Estados Unidos.[21]
- La cuestión racial en el África subsahariana: dado el contexto de auge del colonialismo en la región, en la mayoría de los países africanos la cuestión racial fue debatida junto a la cuestión de las luchas antimperialistas desde el horizonte panafricanista, que hasta entonces era un movimiento interclasista moderado que luchaba por la liberación nacional de los países africanos y su integración regional, así como por la mejora de la población de la diáspora africana. En esa época sólo se desarrolló el Partido Comunista de Sudáfrica, aunque existieron grupos y núcleos de comunistas dispersos en el resto de los países. Por ello, desde la Komintern se impulsó la organización comunista en la región, se promovieron publicaciones que analizaban las contradicciones de la región, con énfasis en la agenda antimperialista y antirracista, como Negro Worker, y organizaciones obreras como el Comité Sindical Internacional de Trabajadores Negros, que en un principio tuvieron más eco entre los trabajadores africanos migrantes en Europa.[22] Una de las figuras más destacadas en la organización de ese proyecto fue el intelectual y activista de origen afrocaribeño George Padmore, quien publicó una de las obras más destacadas sobre el tema, The Life and Struggles of the Negro Workers (1931), que logró una importante difusión de las ideas comunistas antirracistas entre los trabajadores de los países del África subsahariana.[23]
- La cuestión racial en América Latina y el Caribe hispano: en la región latinoamericana, a excepción de algunas regiones del Caribe, la mayoría de los países eran ya independientes, aunque seguían sufriendo políticas imperialistas de todo tipo que les impedían progresar. Los marxistas revolucionarios de la región comenzaron a denominar esa situación con el termino de «dependencia», concepto presentado y defendido por el marxista ecuatoriano Ricardo Paredes en el sexto Congreso de la Komintern de 1928. En sus debates sobre la caracterización del capitalismo en sus territorios, el análisis de cómo la clase trabajadora se encontraba organizada y dividida por prejuicios raciales era fundamental. Sin embargo, al ser una región tan grande y diversa, pronto advirtieron que el análisis de la cuestión racial, aun con notas comunes, debía realizarse de forma contextual y específica en cada país; e incluso, en el caso de varios, tomando en cuenta regiones y subregiones nacionales. De entre todos los participantes de ese gran debate podríamos destacar al intelectual marxista peruano José Carlos Mariátegui, que impulsó el famoso texto «El problema de las razas en América Latina», presentado en 1929 por delegados del Partido Socialista Peruano en la I Conferencia Comunista Latinoamericana celebrada en Buenos Aires y Montevideo.[24] En la magna obra de Mariátegui, donde destacan sus 7 ensayos sobre la realidad peruana, podemos encontrar algunas de las reflexiones y análisis en clave marxista sobre la cuestión racial más avanzadas de la época, en particular referidas al contexto indígena andino. Para el caso del Caribe, el desarrollo de la cuestión racial desde el marxismo tuvo especial relevancia en Cuba, donde resaltaría la figura de marxistas afrocubanos como Sandalio Junco, que posicionó el debate en numerosos textos, entre los que destaca su ponencia «El problema de la raza negra y el movimiento proletario», también presentada en la I Conferencia Comunista Latinoamericana de 1929.[25] Y capítulo aparte merecería el estudio de los aportes de los marxistas afrocaribeños del Caribe colonial francés, como René Menil y su impulso a la publicación de Légitime Défense (1932); y el británico, donde hubo figuras intelectuales de primer nivel analizando esas cuestiones, como el ya citado George Padmore, pero también otros como el trinitense C. L. R. James, quien publicaría una obra clave en 1938, Black Jacobins, analizando la estructura racial de clases en el Caribe al calor de una excelente investigación sobre la gran revolución haitiana de 1804.[26]
- La cuestión racial en Asia: durante la época de la III Internacional se formaron partidos comunistas en muchos países, donde también tuvo presencia el debate sobre la cuestión racial. En el caso de la India destacaría el trabajo del líder e intelectual comunista Manabendra Nath Roy, quien defendió en los congresos de la Komintern que la lucha anticolonial en Asia contribuiría de forma determinante a la revolución mundial, donde el proletariado colonial era una pieza clave. Enfatizó la importancia de la unidad obrera a escala mundial e identificó la necesidad de superar la ideología racista que había sido defendida por amplios sectores revisionistas durante la II Internacional.[27] Podemos destacar también la obra del comunista japonés Sen Katayama, quien, en ese contexto de auge de la tensión interimperialista del que Japón formaba parte activa, llamó a los trabajadores japoneses a luchar contra el imperialismo de su propia nación en favor del proletariado coreano y a superar la ideología racista en favor de la unión internacional de la clase obrera.[28] Por último, mencionaremos a uno de los fundadores del Partido Comunista Chino, Li Dazhao, quien fue un recurrente crítico del racismo: destaca su conferencia impartida en la Universidad de Pekín, el 13 de mayo de 1924, bajo el título «The Racial Question», donde ofrece un pionero análisis histórico e historiográfico de los orígenes del racismo occidental y de su relación con el sistema capitalista.[29]
- La cuestión racial en el mundo musulmán: los países de población mayoritaria musulmana también tuvieron un rápido y pronto desarrollo de numerosos partidos comunistas; aquí también era importante el análisis de la cuestión racial, pero con una íntima relación con la cuestión religiosa y lo que hoy llamamos islamofobia. El intelectual y líder marxista musulmán más conocido de entonces fue el comunista de origen tártaro Mirsaid Sultán-Galíyev, que llegó a ser encargado de asuntos islámicos del Partido Comunista en la URSS y defendió la lucha por la unificación del islam y la filosofía marxista, así como de la estrategia política panislámica.[30] Para el caso de Asia, podemos destacar las contribuciones del marxista indonesio Tan Malaka, famoso defensor en la Komintern de la estrategia de la unión panislámica frente al imperialismo occidental. En su opinión, la unión del discurso islámico con el marxista podía resultar en un poderoso factor movilizador de las masas; además, luchar contra la ideología racista era primordial, ya que movilizar al proletariado colonial sería fundamental para lograr la revolución mundial.[31] Para el caso de Oriente Próximo, rescataremos los aportes del famoso propagandista palestino Muhammad Najati Sidqi, quien fue un gran luchador contra la ideología racista en su paso como periodista y miliciano en la guerra civil española de 1936.[32] Por último, para el contexto del Magreb podemos mencionar a Tahar Boudengha, comunista tunecino que denunció en el IV Congreso de la Komintern con mucha contundencia la actitud racista de los comunistas franceses en el Magreb frente al proletariado nativo, y resaltó la importancia del papel de la clase trabajadora local en la lucha revolucionaria.
Y esto es sólo un resumen muy sucinto, ya que el tema de debate y análisis de la cuestión racial fue amplio y central durante los primeros años de la III Internacional. Sin embargo, a partir de 1935, con el cambio de rumbo estratégico liderado por Stalin, basado en los frentes populares antifascistas, la crítica al imperialismo y al racismo pasó a un segundo plano debido a la alianza temporal de la URSS con potencias imperialistas europeas como Inglaterra, Francia o los Estados Unidos. A partir de ese momento, el desarrollo de la temática sufrió un breve freno, e incluso significó, en muchos casos, una ruptura política debido a que la alianza con las potencias imperialistas no fue bien recibida por muchos militantes comunistas de contextos coloniales.