Mohammad Salama era uno de los cinco periodistas asesinados de forma selectiva este lunes 25 de agosto por Israel. Su cámara quedó bajo el polvo, pero no en el olvido; sirvió para denunciar el genocidio en marcha, la hambruna planificada, los médicos imposibilitados de atender a sus pacientes, los padres que no pueden alimentar a sus hijos. El equipo de 5 periodistas asesinados transmitía en vivo al momento del ataque.
Según el Sindicato de Periodistas Palestinos, al menos 245 comunicadores han sido asesinados desde que inició la última campaña de exterminio de Israel en Gaza, el 7 de octubre de 2023. Esta cifra, que podría ser aún mayor, ya supera la de los periodistas muertos en las dos guerras mundiales y casi supera la suma de todos los conflictos armados del siglo XX.
Ante el escepticismo respecto a una posible intervención de la comunidad internacional, la indiferencia no puede ser una opción frente a la injusticia.
Al igual que los ataques a médicos y enfermeros, las muertes de los periodistas no son accidentales; son objetivos militares del cinismo israelí, algo que Tel Aviv reconoce con orgullo. El régimen liderado por el primer ministro, Benjamin Netanyahu, no solo se atribuyó el ataque al Centro de Salud Nasser de Gaza, el último de la Franja, donde, junto a los cinco periodistas, fueron asesinados una quincena de trabajadores de la salud.
Son objetivos selectivos. Como también lo fue la tienda de campaña en el exterior del Hospital Al-Shifa donde se encontraba el reconocido periodista Anas Al-Sharif el pasado 10 de agosto, cuando un ataque aéreo de precisión le arrancó la vida a él y a sus colegas Mohammed Qreiqeh, Ibrahim Zaher, Mohammed Noufal y Moamen Aliwa.
Las denominadas Fuerzas de Defensa de Israel se adjudicaron los asesinatos y acusaron cínicamente a Anas al-Sharif de “liderar una célula” del movimiento de resistencia palestina Hamás.
Los homicidios deliberados se suceden impunes mientras Israel avanza en su objetivo de garantizar el exterminio de la población gazatí para colonizar el enclave con la complicidad de Estados Unidos, la Unión Europea y las élites árabes.
Cada colega asesinado duele a teleSUR. Nuestra peor pesadilla es un mundo sin periodistas, e Israel avanza para que así sea.