La semana pasada fui de vacaciones a Santiago con mi marido y mi hijo. Por circunstancias que
nada tienen que ver con ellos, el jueves cometí un intento de suicidio. Me quedé sola, compré
determinada medicación, cogí un taxi, me fui a otro hotel... y allí me tomé las pastillas. Me
despedí por WhatsApp de mis personas más cercanas. Cuando ya casi no tenía fuerzas, mi hijo
logró que le mandara mi ubicación. En ese momento entra en acción la policía, que logra acceder
al apartamento donde estoy y me mantiene despierta hasta que llega la ambulancia. Ellos son mis
dos primeros ángeles de la guarda. Después llega la ambulancia del 061 y me llevan a la unidad
de críticos del Clínico Universitario. Fueron momentos muy duros. Pasé allí unas horas, luego un
día en observación y tres en planta. Me pusieron compañía las 24 horas del día y, sin desmerecer
a la sanidad aragonesa, no podrían haberme tratado mejor. Todos. Por eso mi agradecimiento a la
policía y a los sanitarios gallegos será eterno. Especialmente a mis acompañantes. No sabemos lo
que tenemos. Gracias a ellos hoy ya estoy en mi casa con mi familia, dispuesta a empezar de
cero. Un trocito de mi corazón se ha quedado en Santiago, donde volveré lo antes que pueda.
Gracias, gracias, gracias. C. R.