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Caerán ayudas de chapapote

 



El abandono del rural no es un fenómeno nuevo. Galicia vive un éxodo del campo que empezó hace ya varias décadas y se pronunció a partir de los 80 cuando muchos jóvenes emigraron hacia Suiza, hacia el País Vasco o hacia las nuevas zonas industriales de la costa. Muchos urbanitas de provincias somos también nietos y nietas de campesinos humildes que vieron partir a sus hijos e hijas, uno detrás de otro, porque el campo no ofrecía oportunidades de trabajo y las pequeñas explotaciones ganaderas y agrícolas de sus familias apenas resultaban rentables. Desde 1990, año en que Fraga entra al poder con mayoría absoluta, la situación, lejos de mejorar, ha ido empeorando, con una caída progresiva de la superficie agraria útil, políticas forestales cortoplacistas centradas en los beneficios de la industria maderera y la explotación del Camino de Santiago por tierra, mar y aire. En 20 años, Galicia ha perdido el 60% de sus granjas. Solo entre 2016 y 2023 el número de explotaciones agrarias en Galicia cayó un 45,7% según datos del INE, con la consecuente pérdida de empleo vinculado a estas explotaciones. La mayor parte de los titulares de estas explotación están hoy cercanos a la jubilación sin que haya relevo generacional claro. Los sindicatos llevan años denunciando que las políticas de la Xunta son un fracaso que llevan al abandono del rural al concentrar toda la actividad en pocas zonas con grandes explotaciones que además generan problemas de gestión ambiental. La despoblación no solo trae un modelo agrario insostenible, sino que va en contra del territorio y de las personas que lo habitan.El abandono del rural tiene consecuencias inmediatas y repercute en la competitividad del sector primario gallego, fundamental en nuestra economía, al que le han ido quitando posibilidades de crecimiento y atractivo mientras ofrecen como alternativas mágicas para el empleo las fórmulas voraces del gran capital. Desde Altri hasta ENCE, la Xunta apoya firmemente el negocio del eucalipto, que solo alimenta los bolsillos de unos pocos inversores extranjeros, sino que desertifica la tierra de todos y consume ingentes cantidades de agua dulce necesarias para el consumo humano y animal, para los cultivos y también para apagar incendios. Con un precio de la vivienda absolutamente desorbitado en las ciudades y unos sueldos muy mejorables, muchos jóvenes de hoy quieren volver al rural o quedarse en él para siempre pero para ello necesitan oportunidades de trabajo y necesitan que les dejen incorporar la sabiduría ancestral que han heredado de sus mayores. Necesitan servicios públicos, desde guarderías a cajeros, y necesitan una gestión pública, colectiva y eficaz de la tierra que evite burocracias inútiles.