La última guerra contra Gaza ha revelado la profundidad de la estructura imperialista que rige el sistema mundial. Ha quitado las máscaras que ocultaban la verdadera naturaleza de la relación entre los grandes Estados occidentales y las corporaciones capitalistas transnacionales, y ha desenmascarado la falsedad del discurso liberal, que durante tanto tiempo se presentó como defensor de la libertad, la justicia y los derechos humanos.
En el preciso momento en que se masacraba a niños en Gaza bajo los bombardeos israelíes, los gobiernos de Europa y América del Norte ofrecían una cobertura política total a la agresión, coordinándose al más alto nivel para asegurar la continuidad del genocidio. Al mismo tiempo, grandes empresas como Carrefour, Starbucks, Zara, McDonald’s y otras, colaboran ya sea directamente apoyando al ejército israelí, o bien encubriendo la realidad ante la opinión pública mediante complicidad mediática, comercial y económica.
Esto evidenció una fusión casi total entre el Estado imperialista y la corporación capitalista, lo que recuerda las ideas de Samir Amin, quien concluía que “el capitalismo, en su fase tardía de monopolio, ya no es solo un sistema económico, sino que se ha convertido en un proyecto hegemónico total que abarca la economía, la cultura, los medios de comunicación, la política e incluso la ética”.
Esta guerra no fue simplemente otro episodio del conflicto palestino-sionista; fue un signo de un cambio cualitativo en la conciencia de los pueblos, que comenzaron a comprender que la cuestión ya no concierne solo a Palestina, sino que afecta a todos los pobres del mundo y a todos los que se encuentran fuera del centro imperialista rico, ese que produce mercancías y poder, exporta guerras y moldea los discursos.
Millones de personas salieron a las calles de las capitales occidentales, no solo indignadas por las masacres, sino también en rechazo a la estructura de engaño ejercida por sus propios gobiernos. La gente comenzó a ver claramente que la guerra contra Gaza se dirige desde los mismos despachos desde donde se gestionan los mercados bursátiles; que las mismas manos que financian campañas electorales en Washington, París o Londres, son las que patrocinan fábricas de bombas, financian ejércitos de ocupación y apoyan sistemas de vigilancia electrónica y propaganda mediática. Y esto no es una coincidencia, sino la expresión de una lógica coherente del sistema capitalista imperialista.
En este sentido, la guerra contra Gaza no representa una desviación del camino del sistema liberal, sino una manifestación extrema de su esencia. Este sistema se basa en el encubrimiento y la falsificación de la conciencia, en presentar el saqueo y el asesinato en masa como parte de la defensa de unos supuestos “valores”, y en justificar la alianza entre empresas, armas y propaganda como algo “necesario para proteger la democracia”.
La guerra contra Gaza no representa una desviación del sistema liberal, sino una expresión extrema de su esencia; este sistema se basa en el encubrimiento y en la falsificación de la conciencia, en presentar el saqueo y el asesinato masivo como defensa de los “valores”; y justificando la alianza entre empresas, armas y propaganda como ‘necesaria para proteger la democracia’.»
La guerra contra Gaza no representa una desviación del sistema liberal, sino una expresión extrema de su esencia; este sistema se basa en el encubrimiento y en la falsificación de la conciencia, en presentar el saqueo y el asesinato masivo como defensa de los “valores”; y justificando la alianza entre empresas, armas y propaganda como ‘necesaria para proteger la democracia’.»
A través de esta guerra, el mundo ha visto claramente que las grandes corporaciones no solo son cómplices, sino que participan activamente en la formulación de la política exterior. Las enormes inversiones que canalizan los lobbies de armamento, tecnología, alimentación y distribución, ya no forman parte solo de la economía, sino también de la toma de decisiones militares. El sistema imperialista moderno no necesita únicamente ejércitos, sino también cadenas de suministro globales, medios de comunicación transnacionales y capitales financieros estratégicamente distribuidos entre centros de poder y periferias de subordinación.
Ha quedado claro que la economía capitalista mundial no puede separarse del sistema político internacional: son dos caras de la misma moneda. Millones de manifestantes han descubierto que sus sistemas políticos no solo son indiferentes a la sangre palestina, sino que además se benefician de ella. Que los contribuyentes de las clases trabajadoras en Europa y América están financiando, sin quererlo, el aparato de la muerte, a través de los mecanismos del mercado, los medios de comunicación maquillados y un discurso de tolerancia falso.
Por otro lado, la reacción popular global ha traído señales de un cambio cualitativo, no solo en términos de solidaridad, sino en la comprensión de la naturaleza misma del sistema mundial. Muchos jóvenes en Occidente comienzan a entender que su lucha contra el racismo, la pobreza y la discriminación no está separada de la lucha de los palestinos contra la ocupación. En esencia, es la misma lucha: una lucha contra el sistema que produce dominación, represión y saqueo.
Se han formado nuevas alianzas entre movimientos de boicot, sindicatos, organizaciones de derechos humanos y comunidades migrantes. Las campañas de boicot se han extendido, no solo a productos israelíes, sino también a las empresas que los respaldan, reflejando así una transformación de la conciencia desde el consumo hacia la resistencia económica, y del posicionamiento moral hacia la acción política. La batalla ha comenzado dentro del propio centro imperialista, no entre gobiernos y pueblos lejanos, sino entre sus élites ricas aliadas con el capital, y sus clases populares que empiezan a vislumbrar el camino de la insurrección. Aquí resurge la centralidad de lo que escribió Frantz Fanon: “El colonizador no cae solo cuando es derrotado militarmente, sino cuando se destruye su imagen en la conciencia de quienes durante tanto tiempo se sometieron a él”.
Lo que venga después de Gaza no será como antes, no solo por la magnitud de las masacres, sino porque la verdadera estructura del sistema capitalista mundial ha quedado ampliamente expuesta. Y ahora enfrentamos una pregunta crucial: ¿Se convertirá esta conciencia global en ascenso en un proyecto político liberador e integral que desafíe la lógica imperialista desde dentro y desde fuera? ¿O logrará el sistema absorber el golpe, domesticar la rabia y reciclarla en moldes reformistas superficiales?
La respuesta a esta pregunta no es teórica, sino que depende de lo que hagan los pueblos, de las organizaciones, ideas, capacidades de movilización y articulación que desarrollen, y de su habilidad para convertir la conciencia adquirida y las ideas extraídas en mecanismos prácticos que transformen el sistema de dominación imperialista mundial en otro más justo, igualitario y esperanzador para los pueblos.
Escritor árabe de Palestina