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Venezuela. Hugo Chávez y la hipócrita UE

 


El 5 de marzo, en varias ciudades de Europa, diferentes organizaciones populares recordaron la desaparición física del Comandante Hugo Chávez, hace 12 años: más específicamente definida como una “siembra”, porque sus ideas, sus palabras, su mensaje de paz con justicia social resuenan más que nunca como una advertencia y una esperanza para los pueblos del mundo. Chávez no ha muerto, se ha multiplicado, siguen gritando las calles de Venezuela. Y, llevando su “morral” con su legado, siguen marchando hacia la transición al socialismo bajo el liderazgo del presidente, Nicolás Maduro y un grupo dirigente que ha sido capaz de renovarse y transmitir memoria histórica a las generaciones más jóvenes: a través de la acción de un partido -el PSUV-, consciente de que una revolución no debe ser “ni calco ni copia, sino creación heroica” en su contexto, como decía Mariátegui.

Con la hipocresía que la caracteriza, la Unión Europea expresó, a través de las voces de sus presidentes, tanto progresistas como conservadores, sus condolencias al entonces vicepresidente venezolano, Nicolás Maduro: “La Unión Europea ha recibido con pesar la noticia. Venezuela se ha destacado por su desarrollo social y por contribuir a la integración regional de América del Sur”, dijeron el presidente del Consejo Europeo, Herman Van Rompuy, y el presidente de la Comisión Europea, José Manuel Barroso, el dia después del fallecimiento del comandante, en un mensaje de pésame dirigido a Maduro.

Por su parte, el jefe del gobierno español, Mariano Rajoy, expresó a Venezuela su pésame por la muerte del presidente Hugo Chávez, al que calificó de “una de las figuras más influyentes de la historia contemporánea” en el país latinoamericano. El gobernante conservador español manifestó además “en estos momentos de duelo” la voluntad de su gobierno de seguir trabajando con el país latinoamericano “en el fortalecimiento de los vínculos bilaterales” y en las relaciones “de profunda amistad” entre los dos países.

El presidente francés, François Hollande, envió también sus condolencias al pueblo venezolano por la muerte de su presidente, del que elogió su “innegable voluntad de luchar por la justicia”. El mandatario “socialista” consideró además que Chávez pasará a la historia como un personaje que “marcó profundamente la historia de su país” y se mostró “convencido” de que “Venezuela sabrá manejar este momento difícil de forma democrática y pacífica”.

Pero no pasaría mucho tiempo antes de que la Unión Europea se acobardara tras la orden ejecutiva de Obama de 2014 que llamaba a Venezuela “una amenaza inusual y extraordinaria a la seguridad de los Estados Unidos”, allanando el camino para el creciente estrangulamiento que seguiría. Y fueron 19 los países europeos que, en febrero de 2019, reconocieron al autoproclamado Juan Guaidó, a quien nadie había elegido, en nombre de la “democracia”. Un cortocircuito que continúa aún hoy, como lo demuestra la transformación bélica de las economías europeas, y la paradoja que se crea con el cambio de rumbo en la Casa Blanca: el tiburón Trump, aliado del criminal Netanyahu que quiere transformar Gaza en un resort de lujo, después de haber expulsado a todos los palestinos, está negociando la paz con Putin para tener el camino libre para sus negocios en Ucrania. Y la Unión Europea, con toda su retórica hipócrita sobre la paz, que ve expuestos sin apelación todos los oxímoros utilizados hasta ahora para enmascarar los intereses del complejo militar-industrial: guerra humanitaria, ayuda humanitaria, etc.

La paz de la tumba para las clases trabajadoras, como decía Chávez, cuando no se combina con la justicia social. Y, de hecho, la cumbre de Lancaster House en Londres ha conducido al establecimiento formal de una “coalición de estados europeos dispuestos” que acuerdan adherirse a un plan de cuatro puntos para “asegurar la paz en Ucrania”: a condición de aumentar el gasto militar al menos al 3,5 por ciento, con perspectivas de crecimiento al cuatro o incluso al cinco por ciento a largo plazo. Todo esto a costa del gasto público, ya drásticamente reducido, para los servicios básicos.

La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, ha sugerido que las inversiones en defensa podrían eliminarse del cálculo de la ratio déficit/PIB, pero para cambiar el Pacto de Estabilidad y Crecimiento se necesita la unanimidad de los veintisiete estados miembros. Mientras tanto, la industria bélica europea nunca ha estado tan saludable. La inversión en defensa en la UE aumentó un treinta por ciento entre 2021 y 2024, con un gasto total de ciento dos mil millones de euros en 2024, de los cuales más del ochenta por ciento se destinó a nuevos equipos.

Esta evolución positiva ha llevado al sector a generar una facturación de 158.800 millones de euros en 2023 (+16,9 por ciento). La producción de armamento está en aumento: en 2024 se gastarán más de noventa mil millones de euros en nuevos equipos. La inversión en investigación y desarrollo aumentó un seis por ciento en 2023 y alcanzó los trece mil millones de euros en 2024. Y, en Italia, el gobierno de extrema derecha está considerando seriamente convertir la industria automotriz en una industria de guerra.

El “plan” en cuestión involucraría naturalmente también a los ministros de Economía, Empresa y Defensa. Al parecer Alemania ya está avanzando en esa dirección e Italia también tiene la intención de hacer lo mismo para evitar el riesgo de perder la cadena de suministro. Y para imponer otras cadenas más a los cuellos de los sectores populares.