Saltar ao contido principal

La Memoria está ahí, solo hay que saber mirar CRISTINA FALLARÁS

 


La Memoria está ahí, solo hay que saber mirar
Presentación del libro de Esther López Barceló en la librería La Mistral de Madrid el viernes 24. En la foto: Cristina Fallarás, Esther López Barceló y Miguel Ángel Martínez del Arco.

En una cárcel franquista, la presa política Manuela del Arco Palacios y sus compañeras escribían cuadernos de labores. Fue la mujer que más años pasó encerrada durante la dictadura, exactamente diecinueve. Este viernes pasado, su hijo, Miguel Ángel Martínez del Arco, sacó en el sótano de la librería La Mistral de Madrid algunos de esos cuadernos, y también un puñado de los primorosos paños que su madre había tejido. En los cuadernos de labores, las presas del franquismo escribían con un lenguaje propio sus indicaciones para tejer mañanitas, toquillas, juegos de cama, paños. Y también información encriptada sobre lo que iba sucediendo fuera de los muros, comunicaciones con presas de otras cárceles, información e incluso anotaciones sobre sus condiciones de vida. Lo hacían a la luz de la única bombilla que permanecía encendida, la del retrete.

Solo hay que pararse y mirar. Ver a esas mujeres moviendo las agujas mientras comentaban entre susurros las cosas del vivir y también estrategias políticas. La idea de "sus labores", en el caso de aquellas presas, era pura política.Todo esto lo contó la escritora, historiadora y arqueóloga Esther López Barceló durante la presentación de su último libro, El arte de invocar la Memoria. Anatomía de una herida abierta (Barlin Libros, 2024). Es una pequeña joya imprescindible de la que una sale mejor, mayor y más valiente. Eso es lo máximo que puede ofrecer la palabra escrita. Y la emoción. Emociona la forma en la que López Barceló mira la realidad. Un zapato encontrado en una fosa común de las muchas, muchísimas, que siembran de vergüenza el territorio español, no es un zapato. Es una vida. "Se puso sus mejores zapatos para ser fusilada", explica ella. "Con la cabeza bien alta". Algunos quieren que solo veamos huesos, pero los objetos —botones, el lápiz de una criatura, un sonajero, el ojo de cristal que el hombre se echó al bolsillo antes de que lo mataran— están vivos, son cauce de narración.

Enconada luchadora por la memoria que nos arrebataron esos a los que llaman "los vencedores", pero también después las instituciones democráticas, a la autora la realidad le habla. Ella no ve un muro, cualquier muro. A ella ese muro le cuenta cosas y le descubre ahí, en una esquina, un nombre escrito torpemente, y la fecha 1937, por ejemplo. Entonces sabe, ella sabe que tiene que hacerse las preguntas correctas, esas que le llevarán a saber que allí hubo un campo de concentración franquista. Leer a López Barceló es aprender a mirar.


López Barceló habla de "la escritura como antídoto humanizador, escribir para desanimalizarse". De ahí que las presas, como quienes iban a ser fusilados, fusiladas, o permanecían en campos de concentración, en España, pero en cualquier otro lugar donde violencia y muerte son arma de silencio, todas y todos dejaron escritos nombres, palabras, fechas, citas... O cuadernos de labores, como los de Manuela del Arco Palacios, que son un tratado político sobre la comunicación, la vida y la construcción de una causa común.

Ahora llegan las extremas derechas a luchar contra la memoria, desgraciados. La Memoria está ahí, no podrán con ella, solo hay que saber mirar, saber escuchar, y hacerlo porque tenemos la responsabilidad de una herencia recibida que debemos transmitir. Lean a Esther López Barceló.