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Argentina, de momento, respira

 


En un tiempo de crisis del sistema de poder a nivel global, las izquierdas no están siendo capaces de representar políticamente el descontento social, en beneficio de unas derechas radicales que son la versión más salvaje y descarnada del sistema pero que logran presentarse como outsiders, impugnadoras, transformadoras e incluso revolucionarias

Nadie esperaba la victoria de Sergio Massa, que ayer superó en 6 puntos al ultraderechista Javier Milei en la primera vuelta de las elecciones presidenciales argentinas.

El peronismo, que también se apuntó un contundente éxito electoral de Axel Kicillof en la provincia de Buenos Aires, que consolida así el peso electoral de su ala izquierda, sorprendió a propios y extraños colocándose en la primera posición de cara a la segunda vuelta (el balotaje) de noviembre, en el que el macrismo ha quedado desplazado de la centralidad de la política argentina.

Pero, antención, Milei no está derrotado

Milei es, ante todo, un discurso, que ha recibido el 30 por ciento de los votos y mantiene sus opciones. Sin partido, sin estructura, sin implantación territorial, sin bases organizadas, sin gobernadores, pero con su omnipresencia y la de sus ideas en los escaparates de las grandes empresas mediáticas y su dominio de la comunicación digital, Javier Milei sigue manejando los principales debates políticos del país. Milei no es una marioneta, es un líder político real; pero es fundamentalmente un producto mediático construido con muchas horas de televisión y el 90% de su praxis política en toda su trayectoria está centrada en la comunicación.  Que un fenómeno de esa naturaleza pueda aún ganar las elecciones en Argentina, una sociedad altamente politizada, con un gran peso de los sindicatos y las organizaciones, con el poder tradicional de los grandes aparatos partidarios del Partido Justicialista y la Unión Cívica Radical, vuelve a demostrar que estamos en una época distinta. En sociedades individualistas moldeadas por décadas de hegemonía profunda del neoliberalismo como corriente histórica de fondo más allá de experiencias gubernamentales progresistas, con relaciones sociales y laborales crecientemente mediatizadas y digitalizadas —proceso acelerado finalmente por la pandemia—, surgen nuevos sujetos colectivos y se imponen nuevas formas de hacer política que las derechas han entendido perfectamente, en Argentina, en Estados Unidos y en Europa.

El discurso Milei conecta con el sentido común de época, en especial de los jóvenes, que es resultado de esas condiciones sociales y del dominio de los grandes aparatos ideológicos por parte de las derechas.

La fuerza de Milei debe ser un recordatorio para las fuerzas populares de que, cuando acceden al poder, deben hacer valer la legitimidad de la mayoría política que las llevó al gobierno y transformar la realidad en el máximo grado posible en beneficio de los intereses a los que representan, sin pretender conciliarlos permanentemente con sus adversarios, de los que jamás recibirán apoyo y que están dispuestos a revertir y transformar lo que sea necesario por decreto y represión cuando recuperan el poder. De lo contrario, se alimentan las condiciones para el regreso de unas derechas reforzadas al poder. Y transformar desde el gobierno incluye transformar la correlación de fuerzas mediáticas. Ojalá Massa y el peronismo no se olviden de esto

La fuerza de Milei debe ser un recordatorio para las fuerzas populares de que, cuando acceden al poder, deben hacer valer la legitimidad de la mayoría política que las llevó al gobierno y transformar la realidad en el máximo grado posible en beneficio de los intereses a los que representan

Hay sectores progresistas que creen que deben moderarse para «conquistar el centro» y ser competitivos electoralmente. El 30% de Milei de anoche, aunque esté lejos de las expectativas, representa un cambio de mando en la derecha cuyo nuevo estilo ya se ha impuesto en Estados Unidos, en Brasil, en Italia y ahora, quizá en su versión más exagerada, en una Argentina en la que el macrismo no ha pasado a la segunda vuelta. El presente sigue demostrando que no existe algo llamado «centro» en un sentido ideológico, sino un biconceptualismo ante el que es la activación y movilización de unas determinadas ideas, valores y emociones y no de otras lo que provoca una u otra conducta política. Es la misma sociedad la que puede votar para defender la salud pública o para hacer presidente a Milei. Para hacer la paz o para hacer la guerra. Milei existe  porque logró activar desde la más dura provocación sus ideas y valores en esa mayoría atomizada y desideologizada, no por ser moderado ni por girar al «centro».

En un tiempo que no es de estabilidad sino de crisis del sistema de poder a nivel global, tanto del neoliberalismo como de la socialdemocracia, las izquierdas no están siendo capaces de representar políticamente el descontento social, en beneficio de unas derechas radicales que son la versión más salvaje y descarnada del sistema pero que logran presentarse como outsiders, impugnadoras, transformadoras e incluso revolucionarias.

La movilización popular es la única energía que realmente hace avanzar a las izquierdas. Antes de construir conquistas y consensos desde el poder, el ciclo progresista que inauguró la victoria del kirchnerismo en los últimos 20 años, interrumpido por el breve periodo macrista, solo fue posible por el sentido común de época que inauguró el estallido social de 2001. Gabriel Boric es presidente de Chile por el estallido social de 2019. Gustavo Petro es presidente de Colombia por el estallido social de 2021. Podemos existe en España por el sentido común que impuso el 15M. Cuando esa energía social se desmoviliza y se retira, la correlación de fuerzas mediáticas copa la política y se impone de forma determinante para el destino ideológico de una sociedad.