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"No pongas su nombre" CRISTINA FALLARÁS

 

Recuerdo el momento, pero no el año. Estábamos a punto de celebrar la Navidad. La Navidad requiere familias, padres, madres, hijos, nietas. Aquellas cosas. Yo era otra, supongo, yo soy otra todo el rato. Elijo este momento porque fue la primera vez que una mujer dejó de ser ante mis ojos, perdió su nombre. 

Yo era una joven, faltaban todavía algunos años para el fin del siglo XX y las cosas realmente existentes seguían inmutables desde la invención de la imprenta, cinco siglos atrás. En casa de aquella mujer había un árbol de Navidad, un abeto pequeño pero vivo, una planta que no era un simulacro.

Recuerdo haber pensado, y todos estos recuerdos son reales, que era una cría de abeto. En aquellas circunstancias, lo último que necesitaba era pensar en crías. Toda la estancia estaba llena de crías que eran la misma niña multiplicada en decenas de fotografías dentro de un salón que no habría resultado pequeño si alguien hubiera tirado a la basura toda aquella galería de los horrores abarrotada de budas de madera, budas de metal, budas de piedra volcánica, elefantes con la trompa en alto, cajitas de metal con esmaltes de colores, cajitas de madera con incrustaciones nacaradas, soportes para incienso y, en las paredes, una población de reproducciones de ningún mar, ninguna montaña nevada, ninguna puesta de sol, ninguna pareja a contraluz enmarcadas en remedos de madera vieja teñida de blanco.

Recuerdo que la mujer a la que yo iba a entrevistar se llamaba Antonia Zafra Ugarte. Parece más fácil acordarse de un González, un Sánchez, y bien podría ser, pero ella me dijo "casi azul". Casi AZUL. Tantas otras mujeres después, con aquel hilo aún en la mano, aquello sigue funcionando. AZUL. Por supuesto no entendí a qué se refería ni confiaba en que tuviera sentido. Tampoco fingí lo contrario.

"A de Antonia", dijo con el tono y el gesto de quien hace un esfuerzo por recordar alguna lección escolar. Pero eso era imposible. Como imposible que aquel mohín de memoria respondiera a la coquetería. Ninguna madre a punto de narrar el asesinato de su hija tiene tiempo para eso ni a mí se me pasó por la cabeza. Lo escribo aquí para explicar la extrañeza.

"Z de Zafra". No solo parecía esforzarse en recordar, sino que iba acompañando con los dedos la enumeración como quien intenta recordar la lista de los comensales a la mesa de una celebración lejana e importante temiendo el olvido de alguno.

"Y U de Ugarte". Bajó los tres dedos que había ido subiendo y deduje que había concluido algo. Uno, dos y tres. A, B y C. Piedra, papel o tijera. La cría de abeto estaba viva. La cría de las fotografías estaba muerta. Me cabían pocas enumeraciones más.

"Ya ve, casi azul". Azul sonaba a cadáver en mi estado de ánimo. "Solo falta la L final y mis iniciales formarían la palabra AZUL". Al nombre Antonia Zafra Ugarte le faltaba la L de luctuosa, lastimada, lúgubre, loca, lamentable, letal, líbrame de todo esto. Pero eso lo pensé después, de camino a la redacción.

Trabajé en una redacción durante un mundo y un tiempo en los que había algo llamado redacciones. Frente a aquella mujer, solo entendí, o decidí creer, que cuando te abren la vida en canal y por esa raja se ha escapado ya todo, no hay forma de volver a meterlo. También pensé en la película Alguien voló sobre el nido del cuco. Comprendí que llega un momento en el que hay que contar con los dedos las tres cosas que eliges contar. Que al resto eso nos resulta indescifrable, pero no encierra significados ocultos, sencillamente es que incluso el dolor necesitas reconstruirlo cada vez para poder volver a sentirlo.Tras mi conversación con la señora AZUL me quedó la duda de si podía siquiera sentir dolor. No rabia, dolor. No tristeza, dolor. Ahora, tras tantísimas mujeres, ya no me cabe ninguna duda.

Llegué a la redacción y escribí todo lo recibido. Cuando quieres narrar el horror debes haber sentido el horror, resulta imprescindible. El horror no es la abstracción del horror ni la idea del horror. El horror es algo realmente existente, o no es. Por eso y por lo que sigue clavo aquí la chincheta de la que parte mi hilo, el hilo que me ha traído hasta aquí. Una no puede más que servir de escriba para el relato de quien sí ha vivido el horror.

Eso hice. Transcribir lo que la señora AZUL me había contado sobre el asesinato de su hija a manos del padre, con sus palabras, transcribir y añadir algún dato escueto, tembloroso a cerca de sus gestos.

"Quita el nombre", me exigió el director tras leer. "Es un artículo estupendo, pero quita el nombre".

Le pregunté por qué debería hacerlo. No era fácil entonces, después sí lo fue y no sirvió de nada, conseguir un relato del horror en primera persona. Las mujeres aún no querían contar las cosas del espanto, no sabíamos, no podían.

"Es que se llama Antonia Zafra Ugarte, ese es su nombre, y como tal, dando su propio nombre, ha accedido a hablar con nosotros".

Aquello era inaudito. Ninguna mujer conocía la posibilidad de su primera persona en aquel tiempo, aún el siglo XX, y yo me sentía tan orgullosa de haberlo conseguido. Qué idiota.

"Me importa un pimiento. Tú pon "María" y luego "nombre ficticio" entre paréntesis. ¿Has entendido? "Nombre ficticio" entre paréntesis. ¿Has entendido?".

Desde este tiempo que ya ha dejado de existir y esta persona que soy  ahora, le doy las gracias, señor director. Claro que lo entendí, de golpe todas lo entendimos. "Nombre ficticio entre paréntesis" era todo lo que necesitábamos para dejar de existir. Y en ese dejar de existir nos iba la vida.

Todo lo que somos viene de algún lugar, de alguna doma.