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La Tizza /Resumen Latinoamericano, 29 de agosto de 2023. Imagen: «El enigma de Hitler», Salvador Dalí (1939) Cuando el PSOE fue arrasado en las autonómicas de España, hace unos meses, no faltaron quienes, de inmediato, culparon a los medios de comunicación. En Cuba conocemos bien esa salida para explicarlo (casi) todo. Este agosto, desde Argentina, ha emergido como triunfador Javier Milei. Algunos se toman hoy allí el jarabe de la autocomplacencia: otra vez son los medios y redes sociales los responsables. La victoria de Milei con Libertad Avanza, ha sido un bofetón al maquillado rostro de los partidos y movimientos tradicionales ―léanse, peronismo y radicalismo―. Por un lado, en España, como reza la canción, «la única patria digna (…) aún sigue en cunetas», lugar donde lanzaron a los muertos de Franco, después de que este consiguiera aplastar la República a sangre y fuego, pero, más importante aún: destruir la osadía de concebirla, la aspiración de reeditarla. Por otro, en Argentina, el regreso de Perón en 1973 no significó el desencadenamiento de revolución alguna, que él mismo se empeñó en evitar a toda costa, sino un corrimiento mayor hacia «el centro» ―¿otra cuneta?― La inalienable condición cultural, económica y política de la dictadura militar de 1976–1983 inhibió, como el franquismo ―que no murió con Franco―, las rebeldías totales. Uno y otro caso dan fe de que la clausura de espacios de contestación al capital ―por intermitentes y tibios que fueran―, es el resultado de la incapacidad crónica para contestar con revoluciones. Ninguno de los arquetipos reaccionarios, citados en sendos ejemplos, fue superado por revoluciones; antes bien, sus arreglos y formas evolutivas posteriores han pretendido conjurarlas. Las derrotas electorales son siempre efectos de las derrotas históricas, son los manejos subjetivos del trauma de revoluciones deshechas, inconclusas, olvidadas. Son efectos del «buen comportamiento» de las izquierdas con pavor a la palabra «revolución» y a la práctica política que ella encarna y exige, de un lado y del otro del Atlántico. Los Trump, los Bolsonaro y los Milei ascienden y nuestra explicación principal sigue siendo: «Ah, es que los medios son terribles, son poderosos, son del enemigo». ¿Y? ¡Qué malos perdedores nos hemos vuelto! Gústenos o no, las extremas derechas han entendido las nuevas reglas de juego, mientras los de este lado nos acomodamos sobre la queja; son «injustas», decimos, como si a las anteriores las hubiera distinguido la justicia vez alguna. En estos tiempos de crisis del modelo civilizatorio capitalista occidental, tipos como ellos son los que canalizan y encarnan la rabia de grandes masas ante los malestares que la época produce. La izquierda ha renunciado a la incorreción política y a la política radical. No solo luce «bien portada», sino que efectivamente, cuando gobierna ¡se porta bien! Ninguna posición moderada es capaz de vencer una crisis: solo la política radical puede hacerlo. Incluso para ser un demócrata radical hace falta ser radical. Pero las izquierdas viven desde hace décadas en la derrota anticipada; van como disculpándose, buscando el centro, o la cuneta, evitando la identificación con Lenin, con el socialismo, con Cuba, con Venezuela, o cualquiera de las otras leyendas negras para niños del siglo XXI. No en balde las extremas derechas se han apropiado de un discurso populista aderezado con programas que no parecen ―aunque en el fondo lo sean― lo mismo de siempre. Para la estupefacción de todos, las derechas extremas se erigen en inquisidoras de la política tradicional, sus dogmas y rituales ―hijos de otras derechas del pasado― en nombre de la libertad, del trabajo, de la abolición «de castas» y de otros términos que antes pertenecían al discurso de izquierdas. De 1789 acá, para ganar de veras, las derechas vencedoras han contraído siempre nupcias con los vencidos. Corren los ejércitos de «analistas» para intentar explicar cada nueva derrota electoral: traen a colación las «discursividades», la «operación neoliberal sobre las subjetividades», la «búsqueda de amos terribles que ocupen el lugar del Padre ausente», el «goce con el autocastigo», y cuestiones por el estilo que, aunque ciertas en algún punto, no alcanzan a explicar nada y menosprecian el cansancio, asco y malestar que le provoca al sujeto contemporáneo vivir en la esquizofrenia permanente de realidades que no responden por el nombre con que las llaman. Reclinados en sus poltronas positivistas llegan incluso a señalar, estos especialistas de la arrogancia, la supuesta incultura, primitivismo, ingratitud y minusvalía racional de los pueblos. La moderación de la izquierda continental y mundial, las limitaciones de sus programas, los recortes a las prácticas solidarias e internacionalistas y su vocación de «sacudirse» y distanciarse de las revoluciones, hace que en Cuba tengamos que repensar arduamente las formas en que pugnamos por el futuro, por relatos específicos de él y por las prácticas que serán capaces de realizarlo. ¿Llegaremos a admitir aquí que la suma del poder comunicativo del capitalismo mundializado es suficiente para rendir a quienes hemos conseguido caminar en medio del fango de cinco siglos de dominación, donde antes yacíamos de bruces? Uno más uno, ¿terminará siendo dos para la ecuación que desafió la Revolución cubana? Hoy, a más de treinta años de otra bancarrota: la de los socialismos que se parapetaban tras el muro de Berlín; y con la carga de una crisis sostenida, no es motivo de sorpresa concluir que nuestra política revolucionaria resulta cada vez más inefectiva. Su fosilización encuentra oportunas coartadas en las doctrinas de la guerra de los mil apellidos: mediática, simbólica, cognitiva, cultural, de cuarta, quinta, sexta, décima generación, etcétera. Estas teorías tienden a subsumir la explicación del conjunto de los fenómenos relativos al disenso, la naturaleza de los conflictos y la contrarrevolución en Cuba, en las teorías conspirativas. Recordemos que, en su afán de recuperar una lectura sobre los sucesos del 11 de julio de 2021, el editorial del periódico Granma del 10 de julio de 2023 colocó en su eje interpretativo de ese otro aldabonazo el concepto de «guerra cognitiva», en detrimento de factores sopesados en muchos análisis difundidos durante los últimos dos años: el pánico ante un momento de ascenso de los contagios y las muertes provocados por la pandemia, el encierro, la escasez, la desmovilización de las organizaciones políticas y de masas, la desatención a problemas urgentes en zonas empobrecidas de la sociedad, la desigualdad producida por las reformas de mercado, y, sobre todo, la forma en que la Revolución se ha ido volviendo ajena para la vida y las aspiraciones de aquellos a quienes se debe y en quienes se cifra su pacto social. Nunca hemos dejado de estar en medio de la batalla de ideas ―como Fidel prefería llamarla― desde que este pueblo decidió vivir en libertad y justicia al precio que fuera. Pero los problemas internos de nuestra sociedad no dejaron de tener nunca un vehículo de expresión en la política revolucionaria. En cambio, de cara a los sucesos del 11 de julio de 2021 ¿qué zona de la política revolucionaria sostenía respuestas efectivas o expresaba empatía para los problemas que propiciaron las protestas? Tendríamos que preguntarnos hoy, también, cuál es la zona de la política revolucionaria que les habla y representa a esos millones de militantes del fidelismo a quienes les resultan insoportables la corrupción, la mediocridad, la ineficiencia, la desidia, la torpeza y el patetismo que hoy abundan, pero a los cuales su compromiso con Fidel les impide congeniar con la contrarrevolución, y resisten en silencio la amargura y las humillaciones del contexto. En los últimos tiempos, se verifica en Cuba una disputa subterránea por el patrón de acumulación, que ha incrementado la conflictividad, la desigualdad e injusticias sociales. Tales efectos son también el resultado de las políticas de Estado que han privilegiado la creación de una burguesía incipiente de servicios, importadora e inmobiliaria, y no han estimulado políticas orientadas a la conformación de un capital productivo. Sabemos que las características de nuestra inserción en el sistema mundo capitalista nos imponen tareas indeseables. Algunos lo olvidan de forma interesada cuando quieren correrle por la «izquierda» al gobierno cubano. Dado que hacen revoluciones en el invernadero de las academias o en la comodidad de los balcones, no pueden comprender el proceso real de la política del día, signado por el enfrentamiento con el imperialismo yanqui. Sin embargo, la elipsis paulatina del contenido y fiscalización populares del proceso de liberalización de la economía, confiado a expertos, funcionarios y comisiones, ha configurado un escenario de escepticismo popular y deslegitimación de alternativas. En este escenario, no sería sorpresa que la política hiperbólica, pragmática y sensacionalista de un Milei o de un pastor pentecostal fundamentalista enamorasen a jóvenes en Cuba. Cuando las iglesias fundamentalistas ―de las que al parecer tampoco la política revolucionaria quiere hablar― se llenan de pueblo y los aeropuertos, de jóvenes, la justa rabia de los cubanos y las cubanas queda sin conducción y sin respuesta, mientras se usan los significantes «Revolución» y «Fidel» para represar esa rabia. Llamar «revolución» a lo que no es revolución, y «socialismo» a lo que no es socialismo; o sea, englobar en esas palabras procesos y prácticas que no son ni revolucionarios ni socialistas, contribuye a confundir al pueblo. Esa difuminación del proyecto revolucionario hace que a todos nos cueste distinguir qué es táctico, qué es estratégico; qué es coyuntural, qué, raigal; qué es un error, qué, un acierto; qué es flexible y qué, de principios. La barrera de lo inaceptable para los revolucionarios cubanos se diluye y oscurece en la vaguedad del discurso político dominante. Quienes contribuyen con las confusiones y las propalan, van a condenar a la nación y a su proyecto libertario de más de siglo y medio. Porque si un demagogo sensacionalista e hiperbólico llegara a ganarse en Cuba las esperanzas del pueblo, no solo dispondrá sus fierros a la marca de una política económica y social distintas, sino que hará leña con todo y la palma: con el deseo de libertad y soberanía nacional; con el esfuerzo popular, encabezado por Fidel, para sacar a Cuba del cieno del colonialismo y el subdesarrollo; con Martí, quien volvería a convertirse en un hecho estético del pasado y cuya impronta como memoria viva de nuestros impulsos emancipatorios quedaría reducida a rescoldos. Como dijo Walter Benjamin: ni los muertos estarán a salvo si el enemigo vence. Y entonces no importará si usted estaba al frente del Estado o no, si contribuyó por activa o por pasiva a que este país se hundiera otra vez, y, definitivamente, en la hez del mundo: si la Revolución es sepultada, nadie será absuelto por la historia.

 


La Tizza /Resumen Latinoamericano, 29 de agosto de 2023.

Imagen: «El enigma de Hitler», Salvador Dalí (1939)

Cuando el PSOE fue arrasado en las autonómicas de España, hace unos meses, no faltaron quienes, de inmediato, culparon a los medios de comunicación. En Cuba conocemos bien esa salida para explicarlo (casi) todo.

Este agosto, desde Argentina, ha emergido como triunfador Javier Milei. Algunos se toman hoy allí el jarabe de la autocomplacencia: otra vez son los medios y redes sociales los responsables. La victoria de Milei con Libertad Avanza, ha sido un bofetón al maquillado rostro de los partidos y movimientos tradicionales ―léanse, peronismo y radicalismo―.

Por un lado, en España, como reza la canción, «la única patria digna (…) aún sigue en cunetas», lugar donde lanzaron a los muertos de Franco, después de que este consiguiera aplastar la República a sangre y fuego, pero, más importante aún: destruir la osadía de concebirla, la aspiración de reeditarla.

Por otro, en Argentina, el regreso de Perón en 1973 no significó el desencadenamiento de revolución alguna, que él mismo se empeñó en evitar a toda costa, sino un corrimiento mayor hacia «el centro» ―¿otra cuneta?― La inalienable condición cultural, económica y política de la dictadura militar de 1976–1983 inhibió, como el franquismo ―que no murió con Franco―, las rebeldías totales.

Uno y otro caso dan fe de que la clausura de espacios de contestación al capital ―por intermitentes y tibios que fueran―, es el resultado de la incapacidad crónica para contestar con revoluciones.

Ninguno de los arquetipos reaccionarios, citados en sendos ejemplos, fue superado por revoluciones; antes bien, sus arreglos y formas evolutivas posteriores han pretendido conjurarlas.

Las derrotas electorales son siempre efectos de las derrotas históricas, son los manejos subjetivos del trauma de revoluciones deshechas, inconclusas, olvidadas.

Son efectos del «buen comportamiento» de las izquierdas con pavor a la palabra «revolución» y a la práctica política que ella encarna y exige, de un lado y del otro del Atlántico.

Los Trump, los Bolsonaro y los Milei ascienden y nuestra explicación principal sigue siendo: «Ah, es que los medios son terribles, son poderosos, son del enemigo». ¿Y? ¡Qué malos perdedores nos hemos vuelto!

Gústenos o no, las extremas derechas han entendido las nuevas reglas de juego, mientras los de este lado nos acomodamos sobre la queja; son «injustas», decimos, como si a las anteriores las hubiera distinguido la justicia vez alguna. En estos tiempos de crisis del modelo civilizatorio capitalista occidental, tipos como ellos son los que canalizan y encarnan la rabia de grandes masas ante los malestares que la época produce.

La izquierda ha renunciado a la incorreción política y a la política radical. No solo luce «bien portada», sino que efectivamente, cuando gobierna ¡se porta bien!

Ninguna posición moderada es capaz de vencer una crisis: solo la política radical puede hacerlo. Incluso para ser un demócrata radical hace falta ser radical. Pero las izquierdas viven desde hace décadas en la derrota anticipada; van como disculpándose, buscando el centro, o la cuneta, evitando la identificación con Lenin, con el socialismo, con Cuba, con Venezuela, o cualquiera de las otras leyendas negras para niños del siglo XXI.

No en balde las extremas derechas se han apropiado de un discurso populista aderezado con programas que no parecen ―aunque en el fondo lo sean― lo mismo de siempre. Para la estupefacción de todos, las derechas extremas se erigen en inquisidoras de la política tradicional, sus dogmas y rituales ―hijos de otras derechas del pasado― en nombre de la libertad, del trabajo, de la abolición «de castas» y de otros términos que antes pertenecían al discurso de izquierdas.

De 1789 acá, para ganar de veras, las derechas vencedoras han contraído siempre nupcias con los vencidos.

Corren los ejércitos de «analistas» para intentar explicar cada nueva derrota electoral: traen a colación las «discursividades», la «operación neoliberal sobre las subjetividades», la «búsqueda de amos terribles que ocupen el lugar del Padre ausente», el «goce con el autocastigo», y cuestiones por el estilo que, aunque ciertas en algún punto, no alcanzan a explicar nada y menosprecian el cansancio, asco y malestar que le provoca al sujeto contemporáneo vivir en la esquizofrenia permanente de realidades que no responden por el nombre con que las llaman.

Reclinados en sus poltronas positivistas llegan incluso a señalar, estos especialistas de la arrogancia, la supuesta incultura, primitivismo, ingratitud y minusvalía racional de los pueblos.

La moderación de la izquierda continental y mundial, las limitaciones de sus programas, los recortes a las prácticas solidarias e internacionalistas y su vocación de «sacudirse» y distanciarse de las revoluciones, hace que en Cuba tengamos que repensar arduamente las formas en que pugnamos por el futuro, por relatos específicos de él y por las prácticas que serán capaces de realizarlo.

¿Llegaremos a admitir aquí que la suma del poder comunicativo del capitalismo mundializado es suficiente para rendir a quienes hemos conseguido caminar en medio del fango de cinco siglos de dominación, donde antes yacíamos de bruces? Uno más uno, ¿terminará siendo dos para la ecuación que desafió la Revolución cubana?

Hoy, a más de treinta años de otra bancarrota: la de los socialismos que se parapetaban tras el muro de Berlín; y con la carga de una crisis sostenida, no es motivo de sorpresa concluir que nuestra política revolucionaria resulta cada vez más inefectiva. Su fosilización encuentra oportunas coartadas en las doctrinas de la guerra de los mil apellidos: mediática, simbólica, cognitiva, cultural, de cuarta, quinta, sexta, décima generación, etcétera. Estas teorías tienden a subsumir la explicación del conjunto de los fenómenos relativos al disenso, la naturaleza de los conflictos y la contrarrevolución en Cuba, en las teorías conspirativas.

Recordemos que, en su afán de recuperar una lectura sobre los sucesos del 11 de julio de 2021, el editorial del periódico Granma del 10 de julio de 2023 colocó en su eje interpretativo de ese otro aldabonazo el concepto de «guerra cognitiva», en detrimento de factores sopesados en muchos análisis difundidos durante los últimos dos años: el pánico ante un momento de ascenso de los contagios y las muertes provocados por la pandemia, el encierro, la escasez, la desmovilización de las organizaciones políticas y de masas, la desatención a problemas urgentes en zonas empobrecidas de la sociedad, la desigualdad producida por las reformas de mercado, y, sobre todo, la forma en que la Revolución se ha ido volviendo ajena para la vida y las aspiraciones de aquellos a quienes se debe y en quienes se cifra su pacto social.

Nunca hemos dejado de estar en medio de la batalla de ideas ―como Fidel prefería llamarla― desde que este pueblo decidió vivir en libertad y justicia al precio que fuera. Pero los problemas internos de nuestra sociedad no dejaron de tener nunca un vehículo de expresión en la política revolucionaria. En cambio, de cara a los sucesos del 11 de julio de 2021 ¿qué zona de la política revolucionaria sostenía respuestas efectivas o expresaba empatía para los problemas que propiciaron las protestas?

Tendríamos que preguntarnos hoy, también, cuál es la zona de la política revolucionaria que les habla y representa a esos millones de militantes del fidelismo a quienes les resultan insoportables la corrupción, la mediocridad, la ineficiencia, la desidia, la torpeza y el patetismo que hoy abundan, pero a los cuales su compromiso con Fidel les impide congeniar con la contrarrevolución, y resisten en silencio la amargura y las humillaciones del contexto.

En los últimos tiempos, se verifica en Cuba una disputa subterránea por el patrón de acumulación, que ha incrementado la conflictividad, la desigualdad e injusticias sociales.

Tales efectos son también el resultado de las políticas de Estado que han privilegiado la creación de una burguesía incipiente de servicios, importadora e inmobiliaria, y no han estimulado políticas orientadas a la conformación de un capital productivo.

Sabemos que las características de nuestra inserción en el sistema mundo capitalista nos imponen tareas indeseables. Algunos lo olvidan de forma interesada cuando quieren correrle por la «izquierda» al gobierno cubano. Dado que hacen revoluciones en el invernadero de las academias o en la comodidad de los balcones, no pueden comprender el proceso real de la política del día, signado por el enfrentamiento con el imperialismo yanqui.

Sin embargo, la elipsis paulatina del contenido y fiscalización populares del proceso de liberalización de la economía, confiado a expertos, funcionarios y comisiones, ha configurado un escenario de escepticismo popular y deslegitimación de alternativas.

En este escenario, no sería sorpresa que la política hiperbólica, pragmática y sensacionalista de un Milei o de un pastor pentecostal fundamentalista enamorasen a jóvenes en Cuba. Cuando las iglesias fundamentalistas ―de las que al parecer tampoco la política revolucionaria quiere hablar― se llenan de pueblo y los aeropuertos, de jóvenes, la justa rabia de los cubanos y las cubanas queda sin conducción y sin respuesta, mientras se usan los significantes «Revolución» y «Fidel» para represar esa rabia.

Llamar «revolución» a lo que no es revolución, y «socialismo» a lo que no es socialismo; o sea, englobar en esas palabras procesos y prácticas que no son ni revolucionarios ni socialistas, contribuye a confundir al pueblo.

Esa difuminación del proyecto revolucionario hace que a todos nos cueste distinguir qué es táctico, qué es estratégico; qué es coyuntural, qué, raigal; qué es un error, qué, un acierto; qué es flexible y qué, de principios. La barrera de lo inaceptable para los revolucionarios cubanos se diluye y oscurece en la vaguedad del discurso político dominante.

Quienes contribuyen con las confusiones y las propalan, van a condenar a la nación y a su proyecto libertario de más de siglo y medio. Porque si un demagogo sensacionalista e hiperbólico llegara a ganarse en Cuba las esperanzas del pueblo, no solo dispondrá sus fierros a la marca de una política económica y social distintas, sino que hará leña con todo y la palma: con el deseo de libertad y soberanía nacional; con el esfuerzo popular, encabezado por Fidel, para sacar a Cuba del cieno del colonialismo y el subdesarrollo; con Martí, quien volvería a convertirse en un hecho estético del pasado y cuya impronta como memoria viva de nuestros impulsos emancipatorios quedaría reducida a rescoldos. Como dijo Walter Benjamin: ni los muertos estarán a salvo si el enemigo vence.

Y entonces no importará si usted estaba al frente del Estado o no, si contribuyó por activa o por pasiva a que este país se hundiera otra vez, y, definitivamente, en la hez del mundo: si la Revolución es sepultada, nadie será absuelto por la historia.