Alos cinco años de llegar a la presidencia de Nueva Zelanda, la laborista Jacinta Ardern dimitió porque, según dijo, ya no le quedaba suficiente energía para desarrollar el cargo como le gustaría. Con una gestión impecable, había hecho frente a una pandemia, un ataque terrorista y a los desastres provocados por el volcán Whakaari. La socialdemócrata Sanna Marin —quien con 34 años se había convertido en la lideresa más joven del mundo— fue víctima de un acoso y derribo por mostrarse de modo natural en un baile. La campaña furibunda y misógina de una derecha retrógrada la obligó a dejar el poder.
El machismo de la derecha extrema y de los poderes fácticos, incapaces de reconocer la legitimidad de sus liderazgos feministas, acabaron con ambos gobiernos.
Una y otra tuvieron que soportar preguntas en el parlamento relacionadas con su edad, su aspecto físico, sus relaciones personales o su maternidad. El sesgo de género sobrevoló los mandatos de estas mujeres fuertes y empoderadas. El linchamiento constante en redes y los ataques en medios de comunicación tradicionales terminaron minándolas en lo personal y en lo político.
o han sido las únicas. La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, también fue víctima de comportamientos machistas como el denominado sofagate o el rechazo incluso al saludo por parte del ministro de Exteriores ugandés por el simple hecho de ser mujer.También Angela Merkel sufrió descalificaciones machistas por lucir escote en la inauguración de la ópera de Oslo, amén de insultos y descalificaciones acerca de su aspecto físico.
La derecha utiliza el ariete machista no solamente cuando es la mujer quien lidera, sino también cuando se trata de atacar a un presidente que no es el deseado por el sector ultra. En estos casos, la derecha retrógrada arremete contra las mujeres para desgastar y ejercer acoso vicario con profunda carga misógina.